viernes, 8 de mayo de 2015

VOY HACIA TÍ

 Por   Rodrigo Motas Tamayo

Voy a ponerle alas a las palabras
para que vuelen hasta tí
y que lleven el eco de los latidos de mi corazón

Voy a ponerle alas a mis pensamientos
para que vuelen libres hasta tus oidos
y en susurro te digan te quiero...


Voy a ponerle alas a mi corazón
porque así,sin ellas, se me escapa del pecho
y por entero te pertenece a tí...

lunes, 6 de abril de 2015

Encontrarte...

 Por  Rodrigo Motas  Tamayo


VOY A BUSCAR  TU  SONRISA  EN EL AYER..
EN EL HOY  Y EL  MAÑANA

VOY  A RAPTAR TUS VOCES
ESAS VOCES TUYAS Y MIAS
QUE MARCHAN DETRÁS NUESTRO
Y  SON EL ECO  DE NUESTRO ANDAR POR LA VIDA...

VOY A BUSCARTE
EN CADA SONRISA
EN CADA MIRADA
Y  EN CADA SUSPIRO...
Y CUANDO TE ENCUENTRE
TE DIRÉ   QUE TE AMO
DESDE AYER, HOY Y SIEMPRE....

martes, 24 de marzo de 2015

REQUIEN PARA DOS

VOY  A PENSAR  EN TUS PALABRAS
Y RECORRER TU CUERPO CON MIS MANOS...

VOY  A PENSAR  EN TU EXISTENCIA
COMO MI EXISTENCIA MISMA

PORQUE VIVO SOLO POR TÍ...

viernes, 6 de marzo de 2015

FELICIDADES A LAS MUJERES EN SU DIA

MUJER....

nombre de hoy, ayer  y siempre...
surco  de maternidad  en la historia
y el universo

Mujer  razón  de vivir la vida...
luz  del camino de la humanidad
entraña de recuerdos y la propia
existencia.

existimos  porque existes tú.

miércoles, 16 de abril de 2014

Aquí estoy...


Aquí estoy al mediodía de este miercoles
con paso seguro hacia el vortice de tus besos...
desandando con las manos la silueta de tu cuerpo
que se dibuja en mis recuerdos como un sueño...
aqui estoy en el centro de las horas de sol
para decirte con el corazón en la mano
que esta noche es mía... esta y todas
porque ya no te dejaré ir...
aunque solo la niebla de tus palabras
sea el eco de nuestro encuentro...
aquí estoy ..coño , perdido en tí.

Este sortilegio


Como llevar  este sortilegio de rostro hasta mi corazón  para  que el cuerpo sienta  la risa  de tus  brazos...
                              Oh Dios ilumíname  con la alegría  de esos ojos… la frescura de esa boca…
         Ah   si muero algún día… que sea por ti… en tu vientre…para renacer  con tu risa…

Por si te quiero


Ah  mi querida  poeta
De palabras enardecidas
Déjame llegar  hasta ti
Con el silencio de mis noches
Deja llenar tu existencia de besos y alegrías
Y hacer de nuestro amor, sin reproches,
El mejor deseo de nuestros días
Ah mi querida poeta
Quiero cabalgar en tu cintura
Mis manos en tus manos
Y el pelo como brida
Sumergirme  en tu pecho
Y livar tu vientre con mi osadía
Déjame hablarte al oído cuando mis palabras recorran tu cuerpo y mis besos llenen tu aliento.  

miércoles, 19 de diciembre de 2012

                        FELIZ  NAVIDAD

          FELICIDADES POR EL FIN DE AÑO 
                               Y AÑO  NUEVO  

          PAZ,  AMOR  Y ESPERANZAS  
                   PARA TODOS Y TODAS...

sábado, 5 de marzo de 2011

OCHO DE MARZO: DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

´En los Andes puede estar el pedestal de nuestra libertad, pero el corazón de nuestra libertad está en nuestras mujeres´ 
                                                                              José Martí 







                                                              

"Aquí, en mi madre América, la hermosura besa en la mejilla a la mujer que nace¨ 


Pienso que la vida perdería su belleza sin las mujeres
creo que son vosotras el alma de la existencia
y en ustedes el amor es un arroyo de ternura que nos acaricia siempre
hasta en el lecho de la muerte
fieles a la vida que nos han dado, la vida que compartimos
...y esa que nos llenaron de sueños y esperanzas.
FELICIDADES MUJER EN ESTE OCHO DE MARZO

viernes, 27 de agosto de 2010

Desmemoria

Por Rodrigo Motas Tamayo
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La ventana se esparce al olvido

calles sin transeúntes,

alaridos y pregones de carnaval.

Saltan ojos sin horizontes,

nombres o definidas siluetas

en la sed de sombras y máscaras,

y las calles susurran sus grietas,

grietas de pradera sin esperanzas o nivel.



El silencio se ahoga en el vacío

de un muro de recuerdos y orgías

con las olas del mar.

La torre blanca dormita sola,

fenece en la niebla

sin crono ni humo,

y las casas susurran sus secretos,

secretos de fantasmas y difuntos sin soñar.



Desmemoriada chica que se marchó en la mañana

sin el encanto de la oruga y el caracol

rabiosa manera de lograr el pan,

zapatos y vestidos en una noche que se cree demasiado larga

con vidrieras solo para ver.



Se sintió niña sin historia,

chismes o comentarios,

endeble manera de estirarse sobre las sombras

el día o el ayer

cuerpo de mujer convulso en su hora de gruta y mar.



Podrán olvidarse sus piernas sin medias

más allá del olvido,

la lujuria?

Angustias de una muñeca que ya no es de trapo

vaivén del reguetón,

caña y placer?

Serán holgazanes los buenos modales?

esa fotografía en el cajón de la abuela,

con letanía de pescado fresco,

habichuelas y la sartén.

La ventana se esparce al olvido

como desmemoriado pueblo

de costumbres y su viejo atardecer.

Sueños de grandeza

Por Rodrigo Motas Tamayo
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La vulgaridad de un pueblo pequeño no le cabía en la mente y tal vez por eso soñaba con ser otra cosa. Sus sueños de grandeza le marcaron los pasos por la vida. Cuando la volví a ver, éramos lo bastante creciditos para tener conciencia de nuestros actos, pero en aquellos primeros años, desde mi corta edad, no supe valorarla con certeza, pues mi prima siempre mostró ser más de lo que nos mostraba con su presencia.

De los varios ejemplares de distintas razas en la familia, era la única de piel trigueña y pelo como pájaros de noche. Su cuerpo delineó antes de ser adolescente y tal vez por ello se comportaba como toda una mujercita. Siempre fue independiente, y ya desde temprana edad la madre decía a gritos que no podía aguantarla.

El padre nunca estuvo cerca, prácticamente no lo llegó a ver en la infancia y creo que a esta altura jamás lo ha visto ni por fotografía.

Mi prima Sandra marcó mis primeros pasos y trastornó mi adolescencia. Tal vez sea cierto aquello que nuestro primer amor es la prima, pero lo cierto es que sin levantar un metro de la tierra mi corazoncito palpita tímido y furioso al solo oír su nombre y verla de visita en mi casa, o en la suya.

Allá iba yo como niño bueno a jugar a las casitas, ese juego en que nos creíamos mayores y dueños de casa con familia y todo. Ella siempre hacia de mamá y yo del hijo pequeño. Me cargaba y me mecía en sus brazos al conjuro de una canción de cuna. Nunca presté atención a la entonación o la letra, entusiasmado como estaba en alimentarme de los bulbos dibujados en su pecho. Con maestría incomparable para su papel de niña-mamá abría su blusita de corpiño y dejaba al descubierto sus pezoncitos, mientras arrullaba: -A ver la tetica del nené… vamos a tomar la lechita.

Y en esas teticas como retoños de malanga practique mis primeras aventuras para lo que haría en el mañana.

Las horas pasaban rápidas, aún cuando estuviésemos jugando dos o tres horas sin interrupciones familiares, porque primos al fin quien iba pensar nada malo y además mi prima por ser mayor me cuidaba.

Con el tiempo, a los juegos se unió Rosmeri, la vecinita de al lado, y entre ambas se repartían las tareas de la ficticia casa. Una lavaba, la otra barría, una cocinaba y la otra planchaba, pero a la hora de dar la comida al nené, ella sola me la daba.

Un día me enviaron a hacer los mandados a la imaginaria tienda detrás del tanque de agua de lluvia y al volver, las dos se estaban besando. Mi prima lamía los labios de la vecina que, quieta, se dejaba hacer mientras los colores del atardecer le cubrían la cara. Sentí celos de hombre chiquito y pregunté que qué pasaba allí, que por qué se estaban besando.

Ella me contestó que solo practicaban porque ya se hacía necesario contar con un hombre en la casa para que fuera el papá.

Le dije que yo podría pasarme para ese nuevo papel familiar y me dijo que aún era mi chiquito, que había que alimentarme mucho todavía.

Acto seguido abrió su blusa y me pidió que me acercara,. Me cargó sobre sus flacas y modeladas piernas de niña-mujer y me pegó contra sus dos limones. La vecinita se acercó y comenzó a cantarme bajito mientras sus manos entraban en mi portañuela.

-Vamos a dormir mi niño, que la noche llega ya. Vamos cierra los ojitos para que no venga el coco. Obediente, cerré los ojos, y mientras mi boca se aferraba a los pezones de miel sentía que sus labios se pegaban como si ambas estuviesen comiendo frutas.

Cada vez que abría un ojo me daban una nalgada con el consabido regaño, -Vamos, a dormir, niño malcriado.

Así pasaron los días y las semanas, siempre en mi papel de hijo, viendo como ellas hacían de papá y mamá.

Una tarde me dejaron fuera del juego porque tenían que hablar cosas de mayores. Con el pretexto de que no podía oir cuando discutían los adultos; realmente me echaron de la casita y ellas dos se quedaron solas.

Hice como que me iba y volví por la parte de atrás del tanque de agua de lluvia, sin que ellas me sintieran. No escuchaba la discusión prometida y solo oí algunos suspiros y un silencio que me enfurecía más y más. Decidido, entré de nuevo y las ví a las dos desnuditas, una encima de la otra, abrazadas y besuqueándose por dondequiera.

Esa tarde mi prima montó en cólera y me echó de verdad de sus juegos. Nunca la había visto molesta de esa forma. Tuve miedo y comprendiendo que perdía mi papel protagónico de hijo pequeño.

Pasaron los días, y desde mi casa solo veía cuando iban para la casita a sus juegos de mamá y papá. Luego comenzaron a visitarlas muchachos más grandes del barrio que entraban y salían al cabo de varios minutos. Realmente un desfile de colores y tamaños, y por ello nunca entendí realmente cuáles de ellos fueron mis padres de juego, pero lo cierto es que muchas veces repetían las entradas.

Mi prima Sandra fue así alejándose de mi, mientras me consumía en el olvido de sus juegos. A veces la veía asomada en la ventana de su casa, tarareando una canción de los Dan, y los ojos perdidos en no se sabe que rumbos. Los muchachos más grandes del barrio hicieron suyo el pasar todos los días cerca de esa ventana y desaparecían por el fondo de la casa de Amanda, quien también se esfumaba y solo aparecía al rato arreglándose el pelo en libre cascada.

Los sueños de grandeza de mi prima hicieron que se fuera a estudiar para La Habana. La madre se alegró que así lo hiciera, pues como comentó en mi casa, se quitaba un peso de arriba. Yo, cuando se fue, parecía que me cayera un edificio entero sobre el pecho. Tal vez fue que el peso que se quitó la madre me lo tiró a mí encima. Nunca dejé de pensar en mi prima Sandra, y mis lágrimas de hombre chiquito rodaron por mis mejillas cuando aún no tenía siete años.

Pasaron los años y en el pueblo cambiaron muchas cosas. El cine viejo de tablas de la calle Martí se derrumbó de viejo, al igual que muchos amigos de la casa dejaron de venir a visitarnos. Al principio pensaba que se habían ido como mi prima, pero un día escuché a papi decir que ya quedaban pocos de los buenos, uno a uno se derrumbaban como el viejo cine.

La vecinita de al lado, Rosmeri, se quedó de heredera de la casita de juegos y creció entre las escapaditas de los varones del barrio, quienes le hacían colas interminables. Un día, en noche de carnaval, nos llegó la noticia de que la encontraron muerta en un potrero con sonrisa de santa y una herida en la garganta. Ella aprendió de mi prima la grandeza de sus sueños.

Terminé el sexto grado y tuve que becarme para las Veguitas, plan de escuelas en el campo en el municipio Yara. Un día, al llegar de pase, mi sorpresa fue encontrarme con Sandra en mi casa. Estaba radiante, una trigueña a plenitud, con su pelo coqueteándole las nalgas, Vestía chaqueta de cuero, falda corta y botines altos y una infinidad de gangarrias cubrían su manos y cuello. Parecía un ser de otro planeta, y pensé que estaba muy a tono con sus sueños de grandeza.

Me miró y enseguida soltó con euforia. -Pero si es mi primo preferido, mira eso, ya eres todo un hombrecito… a ver ojos lindos, déjame mirarte bien. Me sopeteó como a un animal en venta, sin dejarme de besar la cara, el cuello y las manos. La sorpresa me dejó plantaó, no atinaba a hacer nada y ella se despachó a sus anchas como cuando jugábamos a la casita.

-A ver, qué me cuentas … cómo van las cosas por aquí… ya tienes novia.

Mi negativa con la cabeza le dio valor y soltó sin miramientos.

-Esta noche ve a mi casa, vamos a recordar viejos tiempos, verdad, mi lindo.

Si, atiné a decir, fija la mirada en aquellas dos piernas redondeadas que se alejaban llevándose a quien había roto mi corazón de niño.

La confianza familiar nos permitió encerrarnos en el cuarto para contarnos los últimos pormenores del barrio y La Habana. Su cara linda iluminaba la habitación, pero no impidió que me percatara de la tristeza de sus ojos. Bebió de una botella verde con olor a menta, y sonriendo se me acercó y abriéndose la blusa, me dijo:

- Vamos mi niño lindo, hora de comer, tome su tetica.

No esperaba, aunque sí, que fuera tan rápida. Eso me desconcertó y quedé paralizado frente a ella.

-Vamos, vamos que no se diga… ya a tu edad debes de haber cogido aunque fuera solo una chiva. Vamos, cógela en la boca que esta teta es tuya.

No me di a rogar y abarque con mi boca aquella rolliza masa que se desbordaba entre mis labios.

-Que perverso eres, te prendes como un ternero…. Vamos hazlo suave que yo no me voy a ir ahora. Su mano se deslizó por mi muslo con destreza increíble y se posó en lo que me dieron de hombre, aguantándolo para que no estallara.

-Como has crecido… ahora si eres un hombrecito de verdad… Ves, ahora si puedes hacer de papá… quieres- decía mientras me empujaba sobre la cama.

Se desnudó sin darme cuenta y en un abrir y cerrar de ojos estaba sobre mi. Cogió entre sus manos lo que se me salía de la portañuela y comenzó a flotarse allí donde la noche se vuelve cañada.

Pude aguantar las ganas para no explotar sin haber sentido la humedad de su furia. Cerré los ojos y comencé a pensar en otra cosa. Suavemente, se incrustó sobre mi miembro y al rozarnos piel con piel, gimió como paloma herida de bala. Sentí las paredes del cuarto girar sobre mi cabeza o sobre mi cuerpo, aún no se descifrar bien si eran las paredes o ella, pero todo era tan rápido que me mordí los labios aguantando el tener que bombardearla con granadas, cañón y todo tipo de armamento.

Pasaron los minutos como pestañazos, y al fin, jadeante, se derrumbó sobre mi pecho con su aliento de licor de pradera . Intenté moverme y me apretó fuerte, susurrando que no lo hiciera. Que por su dios no lo hiciera, y como nunca he tenido yo alguno, la tumbé sobre la cama, de espaldas, y me encaramé lo más rápido que pude sobre ella, aplastándola con mi peso. Hinque fuerte entre sus nalgas y viví la penetración sin miramientos. Se quedó quieta, como caracol acurrucado, mientras le mordía suave el cuello y besaba el pelo en cascada.

Entre gemidos cortos me pedía que me moviera más y más o que parara, que no me moviera así, sino así, hazlo suave papi, no te apures… vamos que vine para quedarme, para seguir jugando a la casita como antes, mi macho… vamos coño que no me voy…y sin que me diera cuenta fui yo el que me vine para quedarme, como toalla mojada sobre su espalda..

Se viró despacio, abriéndose como flor ante mis ojos invitándome con el gesto a deambular por su pubis rasurado, ese que recordaba liso y pequeño de cuando jugaba a mamá y papá con la vecinita de al lado.

Me sumergí en aquella tembladera imitando cuando me daba de comer con su teta. Se revolvió frenética, lujuriosa, hincándome las uñas en la piel y apretándome hacia dentro como si quisiera ser mamá pero para sus entrañas. Sus fluidos mojaban mi cara pegada a los movimientos de su cadera. Poco a poco se fue ladeando hasta poner lo mío en su boca, y sentí que el mundo tiene colores y estrellas que viajan dándome vueltas en la cabeza, y sentí que el universo se hizo pequeño con su luz en mi boca.

Pasaron los días y la alegría de mi infancia colmó mi existencia, pero ya éramos adultos jugando juegos de mayores. Mi prima Sandra siempre tuvo sueños de grandeza.

Volvió a irse para La Habana. La madre vino sonriendo a mi casa y le comentó a mamá haberse quitado otra vez un peso de encima. Según dijo, vivía avergonzada por que su hija la habían expulsado de la capital no se sabe porque andanzas.

Tal vez mi tía se había quitado un peso de arriba y yo volvía a cargar con el jolongo, y a vivir enamorado de la tristeza de los ojos de mi prima Sandra.

viernes, 29 de mayo de 2009

Mujer

Autor Rodrigo Motas Tamayo
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Desatar tu cuerpo
en palabras
es robarle el universo
al tiempo.

Cuando los días entristecen
mi existencia
busco palabras para tus manos,
tus piernas,
tu boca y tu silencio.

Busco palabras para tus senos,
tu cadera,
tu sexo
y muero ahogado
en los gemidos
como esclavo de las noches
en que las palabras enmudecen
y te haces dueña de mi universo,
el tiempo
y mi destino.

domingo, 8 de marzo de 2009

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Eres flor que nunca marchitas
y tus frutos abren surcos de vida en la esperanza.
rmt. 8 de marzo/2009
Autor Rodrigo Motas Tamayo

Mujer
Sortilegio de la tarde
estremecida en la cintura del tiempo,
huracán de los días
las noches
y los años.
Quietud del amanecer
que se embravece
hasta acariciar la orilla
de los besos.
Palabra que se escurre
convertida en sangre,
sabia y sabiduría
y cala dentro de las iglesias,
las casas,
los pórticos,
áticos
y calles.
Preñez de la mañana
lirio de la nostalgia.
que eclosiona en risas
abriendo surcos
esperanzas
y vida.
Sortilegio de la tarde
vestida de novia,
miliciana,
maestra
médico
MADRE
y luz.

sábado, 21 de febrero de 2009

Una diosa en mi barrio.

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

La calle esta desierta, pero sé que pronto ha de pasar. La brisa llega del sur-oeste con su carga de salitre y humedad. El silencio de la calle es roto de vez en vez por los pasos de los primeros transeúntes de la mañana. Destellos de luces se escapan por las rendijas de algunas casas, donde el ajetreo mañanero cobra vida.
Hace frío, un frío seco que entumece, que me desespera y me hace girar en mi mismo una y otra vez, buscando calor con el movimiento. Siento sus pasos y, como cada día, espero. Ya es un hábito verla temprano, nunca después de las seis. Hoy lleva el vestido de siempre, ese que le da forma al cuerpo, ajustado a las curvas, y la convierte en diosa, la diosa de mis días.
-Mi viejito lindo- dice al cruzar frente a mí, mientras su mano se posa en la cabeza en fugaz caricia; sigue sus pasos y la risa se aleja por la calle, dejándome en los oídos un murmullo de complacencia.
Desde la ventana de la casa de enfrente atisbo un rostro desgreñado tras las persianas, sonrío para mí, sabiendo que la vieja es un reloj para despertarse cuando pasa la muchacha.
-Ya va en camino… no tiene vergüenza- la escucho mascullar- En mis tiempos había más decencia y las mujeres nos respetábamos más a nosotras mismas. Insolente…venderse por dinero cuando el trabajo honesto enaltece. Realmente no sé porque su adversión por la joven. Sus pasos, lentos y arrastrados, salen del cuarto y se dirigen hacia el fondo de la casa. La imagino entrando al baño, como todos los días, y sé que sigue.
Salgo del portal y desde la acera puedo ver a mi diosa, una cuadra más abajo, doblar la esquina hacia el punto del pan. Se que volverá por el mismo camino y la espero.
Respiro el aire fresco, siento un cosquilleo en los pulmones y un gran alivio en las extremidades. Bostezo. El barrendero pasa raudo con su escobillón, arrastrando los desperdicios y suciedad de la noche anterior. Ese si es un hombre de trabajo. No falla.
El consultorio del médico de la familia abre sus puertas y la blancura del uniforme de la enfermera resalta en la penumbra del interior del inmueble. Por el olor que me llega se que es Mariantonia, la muchacha de los ojos verdes que me curó durante tres días cuando el camión me chocó. Muy jovencita pero muy profesional, y muy buena por cierto.
-Ahí está el muy zorro, clase viejo zorro…con él hay que tener cuidado.
-Y dígalo, el otro día me corrió hasta casa de Fernando, y eso que no me metí con él.
Los dos muchachos vestidos de uniforme pasan rápido delante de mí, señalándome con el dedo y con el susto reflejado en los ojos.
-Está loco y viejo- dice uno y las palabras esconden su miedo.
-Viejo, si, viejo, pero con ínfulas de jovencito, quien no quita que muerdan…nadas más se mete con las muchachitas; es como mi abuelo, con sus 90 años hay que tenerle cuidado también y no tiene dientes.
No les hago caso, simplemente los sigo con la vista hasta que desaparecen tres cuadras más abajo, por la carretera. Allá en la esquina, con su habitual complejo de poste está parado Andrés, el único de la cuadra que no trabaja ni hace nada, pero que siempre anda de juerga. El pegajoso olor a Partagás me lastima la nariz, y veo la bocanada de humo ascender en la distancia. Ahora se piensa que es de buena familia porque tiene un hermano afuera. En mis años mozos, las familias eran buenas por dos palabras : decencia y honradez. Ahora muchos no saben lo que es eso.
-Cómo andas, asere-
-Aquí, en la lucha- responde Andrés al recién llegado.
-Bueno, y de la pasta qué.
-Nada, molina, esperando.
-Pues, narra, hace falta que te movilices, estoy en baja.
-De mañana no pasa, ambia, de mañana no pasa. Escucho cada palabra con nitidez, muchos se asombran de mi alcance para escuchar cosas, algunos me señalan riendo y dicen que tengo oídos de tuberculoso. Claro, no entiendo nada de eso ni de lo que acabo de escuchar, parece que es otro idioma, como tampoco se en que anda Andrés, aunque muchas noches lo he visto deambular por las calles sin rumbo fijo.
De mi cuadra conozco muchas cosas, algunas de ellas desconocidas hasta por los propios vecinos. Sufro de insomnio y algunas noches transcurren como si estuviera de guardia. Me quedo quieto en la penumbra del portal y los que pasan ni se percatan de que existo. Ello funciona a mi favor, pues veo sin que me vean.
La otra noche, Juanita llegó con su amiguita de los últimos días y se encerraron en el cuartito de la casa de la esquina, se escucharon risas y palabrotas hasta bien entrada la madrugada, después percibí un jadeo que se fue haciendo más frenético hasta romper en un suspiro de satisfacción. Juanita siempre me pareció extraña, pero bueno, no soy quien para juzgarla.
Ya vuelve para la ventana la vieja fea de enfrente. Coño, que vieja más chismosa. Oiga, se le va la vida pegada a la persiana. Y como habla después. Todo lo dice y más agrandado. Por sus chismes Alfredo botó a la mujer de la casa.
-Oiga, como se lo cuento, yo misma lo ví, cuando usted se fue para La Habana, su mujer metió al vendedor de dulce en el cuarto, estuvieron ahí como una hora y cuando el muchacho salió iba sudado y sin voz casi para pregonar el dulce guayaba.
Desde el portal de mi existencia, y lo digo así con propiedad porque cuando uno llega a viejo, ya no tiene espacio en la casa y es como que no sirve para nada más, he visto demasiado, realmente demasiado. Si fuera escritor, bueno me hubieran colgado ya por las cosas que he visto y sé. Mucha gente cree que no los veo. Bueno, quizás sea que no les importa.
La diosa de me vida aún no pasa. Reconozco que es un amor platónico, pues a mi edad y en mi condición nunca podría alcanzar a ser uno de sus amantes, además, desde que llegó ese peligato de la yuma paga sus servicios con verdes y no la deja ni moverse en el barrio. Lo que pasa es que siempre me ha tratado bien, y más que dos o tres palabras cariñosas siempre ha tenido una caricia para mí, aprendí así a amarla en distancia. Bueno, una vez si pude verla de cerca. Fue en la noche de fin de año, y todavía no estaba con el extranjero. Al lado de la casa se metió con el pretexto de ver la novela, y por lo que escuché y vi esa fue la mejor novela de la que tengo conocimiento. Como a las once salió a asearse al patio. Iba desnuda completa. La luz de la bombilla le daba de frente y pude apreciarla en todas sus formas. Que clase cadera. Como un ladrón me quedé agazapado detrás de la cerca. El prominente pecho era una invitación para los mortales. Sentí un escalofrío correr por mis vértebras. El olor a hembra era desquiciante. No la volví a ver así más nunca, pero les aseguro que en la mente tengo retratada su silueta de diosa.
Ese es su perfume, ya debe de venir. Allá está. Se acerca.
-Todavía sigues ahí, mi viejito… ah, seguro que esperabas por mi vuelta. Socarrón…
La sonrisa en los labios me hace mover el rabo, mientras una mano suave y perfumada rasca mi cabeza. Un gruñido de satisfación se me escapa de la garganta.

Sin pelos en la lengua

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

Claro que tengo que decírtelo en la cara, si, mi hijita en tu mismita cara: Eres una descará y una pervertida. Tantas posibilidades que hay ahora para trabajar y estudiar y tu aún desaprovechas oportunidades. Acaso el dinero fácil te compra la vergüenza perdida, ah, no, claro que no. Oiga y mira que ponerse a estudiar con eso de que hasta nos pagan por hacerlo, eso no se ve en otra parte del mundo.
Pero no me mires así, sabes que tengo razón. Piensa, aunque sea por una vez en tu vida. Divorciada y un muchacho, ahora dos bocas en la casa a cargo de tus viejos. Desconsiderada, eso es lo que eres, una desconsiderada, porque lo que ganas con tu entrepiernas solo es para trapos y querer ostentar. Debería darte vergüenza, si, no me mires así, ya te dije. No me hagas ofuscar, porque mira… bueno, es mejor coger calma. No vales la pena.
Ahora, pìensa, piensa, tú crees que no me duele decirte todas estas cosas, ah, claro que sí porque te veo a ti como a mi misma. Somos mujeres no. Bueno, no se ya tú. Porque siempre se ha dicho que las putas al final se cambian de bando y tú andas de mucho metimiento con la desgreña esa que se cree que está muy buena y ya tiene comentarios de videitos escondidos y tó eso. Tan joven y no piensa en el mañana, en los hijos, que después se lo sacan; que la gente piense lo que le de la gana, no importa, cada cual es un mundo aparte, pero los hijos… lo que hagamos tiene que ver con ellos también.
Te lo digo sin pelos en la lengua, el camino que llevas no es bueno. Fernando con todo su dinero no va a hacer nada por ti, ni Manolo tampoco, y Agustín, ni se diga; como tampoco esperes nada de esos estudiantes, esos solo comen y se van. Oye, aprende, hay que tener buenos momentos, pero también responsabilidad. Vaya, si no piensas en ti piensa en tu hijo. Ahora está chiquito y no ve las cosas, pero cuando crezca no sabes lo que te espera. Serás condenada.
Por eso mijita, deja ya de ser tan descarada. No te quito que una noche entre brazos de hombres, no importa el color o el tamaño, tiene sus cosas buenas y malas, buenas si realmente las disfrutas, pero sabes bien que después del tercero ya son más que malas.
Eh, eh, no me vengas que con lo que te pagan puedes comprar zapatos y pantalonetas. Eso es mierda mi amiga, un día se rompen y bótalas, pero lo que tu lleves roto, sabes que eso es para toda la vida. Y si sigues así, la que tendrás rota de por siempre es la vida.
Tronco pendeja, ¿acaso no tienes valor para decir no? No puedes mirar hacia el lado, hacia esas puertas que están abiertas para todas nosotras, no, mira a Juanita, cierto que dejó la escuela porque salió embarazada y se pasó años lavando trapos, pero ahora, ahora es toda una enfermera. En cuanto vio claro, enrrumbo los pasos y en el barrio todo el mundo la quiere.
Pero a ti, mírate no más, nadie te respeta. Los viejos verdes se te acercan para sus últimos cartuchazos, y las vecinas te tratan por cortesía, a ver, alguna de aquí deja salir sus hijas contigo. No, claro que no. Eres una mierda, concho, date cuenta.
Ah, pero te ofendes.. mira chica, ya te dije que no me hagas encabronar… me conoces bien y soy de las que no aguanta pendejadas… así que arrea, vamos arrea que si no te rompo el palo de la escoba en la cara, en esa carota de sinverguenza. Descara. Ah, pero levantas la mano para golpearme, es mierda lo que te dije… pues mira chica, deja el alarde y cambia la cara que aquí la que pega soy yo. Plaf, plaf…y el espejo cayó echo añicos a sus pies.

viernes, 26 de septiembre de 2008

A hurtadillas o harina de otro costal.

Autor Rodrigo Motas Tamayo
romotas@rgranma.icrt.cu

-Qué quieres hoy?. La mirada escruta al hombre acusadoramente.
-Lo de siempre- Los ojos le brillan y una mueca dibuja el rostro del recién llegado.
-Coño, chico, y cuándo vendrás acompañado. Yo alquilo para parejas. Ya te lo he dicho varias veces…esa mierda tuya de estar…
-Vamos, no jodas con eso socio, yo pago y siempre te pago el doble…- le interrumpe el recién llegado mientras le chispean los ojos.
-No te ofusques, solo bromeaba. Mira, a las nueve tendré clientes, ven antes, eso si, que no falte el dinero.
-Ese, ese está oyendo la conversación. Agustín da la espalda y se encamina hacia la puerta, la traspasa y se pierde en el bullicio de la calle.

-Vamos… deja el miedo que nadie nos vio entrar-. Dice y pone en sus palabras el mayor convencimiento.
-Recuerda eso de que siempre hay un ojo que te ve-. Asustada mira para todos lados, el cuerpo le tiembla aunque sabe que están entre cuatro paredes.
-Muchacha, a esta hora nadie está pa´ eso. Ven, bésame-. Le toma de la mano y la acerca. El beso flota sobre los labios primero y después se adhiere. Ella suspira y se pega al cuerpo varonil. La música de la grabadora sale suave y se esparce pegajosa en el cuarto.

-Esa hembra si que está buena. Mira eso…!Ñooo! -. Pega aún más el ojo a la ranura de la puerta del escaparate y mira con avidez las esculturales líneas de la mujer. Sin hacer ruido, se desabrocha la portañuela. Tiene el mejor ángulo del cuarto hacia la pareja.
-espera, espera, ¿no vas a apagar la luz?. Sus ojos reflejan súplica.
-No, nena, quiero admirarte a plenitud. Dice el hombre instándola a quitarse la ropa más de prisa. -Mira cómo me tienes, nena, vamos apúrate?
-No cambias- sonríe mientras lo mira con lujuria. Se desviste con movimientos rápidos, con la cadencia que la música impone al gesto. Su desnudez excita aún más al hombre.

-Ñoo, que cuerpo... Esta es la mejor hembra que he visto. Ñoo, esa si es una mujer, ¡que espalda! ¡que nalgas! Y ese lunar... avemaría purísima, eso es señor lunar...

-Acércate, acércate puñetera-. la toma de la mano atrayéndola hacia él.
-soy toda tuya-. La sonrisa juguetea en los labios femeninos.
-Estás para comerte...- atina a manifestar, con los ojos como ascuas. La muchacha toma la iniciativa y lo arrastra hacia la cama. Lo empuja y cae de espaldas. Se le sube encima y comienza a besarle las tetillas, baja, llega hasta el ombligo. Sigue. El se estremece.
Satisfecha con lo que logra, se acuclilla sobre el hombre. Baja lentamente hasta sentirse a gusto. Lleva los brazos a la cabeza y se sube el pelo como abanico. Comienza a moverse en círculos, muy despacio al principio, hasta alcanzar un ritmo vibratorio y violento.
-Te gusta, papi, te gusta así… dime, vamos dime que te gusta. Los ojos semicerrados y la boca entreabierta, como hoja a la deriva en su inevitable camino hacia el suelo, ida de este mundo.

-Eso es.. sigue, sigue así, puñetera... coño, esta si que me ha puesto mal. El hombre se soba sus genitales suavemente, demorando el gesto entre subir y bajar. ¡Ah! Una mujer así me haría feliz... ¡Noo! que rico... pero que rico...
-qué haces ahora, por Dios- exclama embobecido y jadeante.
-solo me doy vuelta, mi vida, quédate tú como estás-. La mujer detiene los movimientos de la cadera, pasa una pierna por encima de la cintura varonil y queda arriba del hombre, pero de cara a los pies.

-Esa cara por Dios, se me parece a la de alguien, lastima que el pelo lo tenga por delante. A ver, mueve la cabeza para que se separe el pelo. Eso es...eso es...coño parece que me adivina el pensamiento. Así, así está mejor…Carajo, qué es esto, coño, se parece a mi mujer. La idea se incrusta en la mente del hombre y se agiganta como incendio que lo devora todo. Dios Santo que dolor en el pecho, esto no está pasando. Esa es mi mujer, coño…ya sabía yo que ese lunar me parecía conocido... maldito lunar, debería habérselo borrado antes de entrar... El hombre dentro del closet se ha quedado paralizado, las manos descansan inertes a los lados del cuerpo. Solo la mirada escapa por la ranura en busca de la imagen exterior de una mujer que se le incrusta en la pupila como fuego. -

-Tu eres mi macho, mi macho rico-. Dice ella mientras se convulsiona sobre el hombre en la cama.

Es ella, coño, esa maldita es mi mujer-. ¿Dios santo qué hago? Está petrificado contra la puerta del escaparate, comienza a sudar copiosamente. Siente rabia – salgo y la mato- oye la voz dentro de su mente, el cuerpo no le responde a movimiento alguno. ¿Qué me pasa, coño, qué me pasa...? Ay Dios Santo, cómo controlo esta rabia... este miedo. –no puedes salir ahora- le dice otra voz en el subconsciente. Ah carajo, qué hago.

–Así, gózame, macho rico, gózame.

Coño, qué me está pasando…Soy o no soy hombre, coño; Óyela, óyela como jimiquea la puñetera… es para volverse loco…coño…deja respirar profundo, así, ahhh, así, suave para que no me oigan, pero tengo que respirar profundo… así… así está mejor… debo controlarme, así, así…

-Vírate, vírate nena…

Y se dejó por ahí...ah cacho cabrona a mi me pones miles de peros... las mujeres son una trampa. Coño pero que cosas digo... yo mato a esa hija de p...Pero cómo concho si no puedo salir de aquí...Si salgo me descubren...mejor es estarse quieto y esperar... ¡esperar qué carajo...! ver como mi mujer tiempla con otro tipo... ¡Ah! esto es insoportable. ¿Qué haría otro hombre en mi lugar...?, ni imaginarme quiero...

-Te gusta, dime que te gusta.
-Loco, eres un loco… -La mujer se estremece, aferrándose con los brazos extendidos hacia atrás, a los muslos del hombre.

Mírala, mírala como si no hubiera pasado nada... es una perra... si, eso, una perra maldita que me está coronando...Salgo coño y la… vamos...respira profundo hombre... respira profundo.

-Te gustó.. eh, te gustó-. La pregunta lleva impregnado el pícaro gesto que se le descubre en la cara. El hombre sonríe satisfecho. Ella suspira profundo.
-Me mataste, cabrón, me mataste…

-¡Mataste!, lo que es matarte te voy a matar yo ¡ingrata!, ... que ingrata ni ocho cuartos... ¡puta! Eso es, una mera puta traicionera... Debería salir de aquí y enseñarte so puta... eso es salgo y ... Ya estoy pensando mal nuevamente... Vamos, piensa como pensaría una persona sensata. Ah, pero ya verás cuando...- el hombre crispa los puños en la oscuridad del closet, siente que el corazón arremete contra pecho... vamos, vamos, -se dice- no cojas candela, ya todo pasó... ya no hay función, piensa ahora despacio, despacio y con inteligencia. Que mierda de inteligencia si yo mismo me he visto lo tarrú que soy... Bueno, tal vez no tanto... mis amigos no saben de esto nada..., además ella vino al cuarto muy bien disfrazada, Bah, esto hay que pensarlo mejor. Sí, esto hay que pensarlo con cabeza. !cabeza! coño pero después de esto me duele con cará... no es fácil, coño no es nada fácil... una maldita agonía; sus sollozos, sus movimientos, ese entra y sale... y la rabia de saltar sobre ellos y ... coño pero que mierda estoy hablando... ahorita me oyen ellos allá afuera.

La mujer se viste cabizbaja. Mira hacia la cama y sonríe.
-Cuando volvemos.
-Veremos, veremos qué pasa…
-Bueno, tú avisa, yo siempre estaré esperándote.
Un momento. Un momento pensemos mejor...ya todo está en calma... no debo pensar en lo que acabo de ver..., vamos, vamos hombre, coge calma...eso es coge calma...así, así... respira suave, Piensa, piensa... si no saliste antes, ya para que conjeturas machistas, ... ya todo pasó.

Agustín siente la puerta del cuarto cerrarse, espera varios minutos y sale de su escondite, respira profundo y se encamina hacia la puerta.

-Ya te vas?
-Sí.
-Bueno, y qué?
-Qué de qué?
-La función hombre, cómo estuvo la función.
Agustín lleva rabia en los ojos. Lo mira de soslayo y se apresura a salir a la calle, como quien escapa a hurtadillas.

miércoles, 13 de agosto de 2008

ANGELES EN EL TECHO

Autor: Rodrigo Motas Tamayo

-¿Cómo será el recibimiento?-se dice mentalmente y juega con las imágenes.

La llegada a la casa es fenomenal y por todo lo alto. Armando se baja del carro y corre a abrazar a sus padres. La familia entera se aglomera en la acera como una fotografía.
-¡Pero que gordo estás, mi hijito!- exclama la madre escondiéndolo entre los brazos, mientras el padre, dos pasos atrás, espera su turno con una sonrisa abriéndole el rostro.
-Madrecita, madrecita... al fin vuelvo a verlos. Cuánto los he extrañado.- En los ojos de Armando se asoman dos perlas húmedas que se quedan en la palma de la mano. Sobreponiéndose al gesto, mira hacia el hombre viejo y se estrecha en su pecho.
-Padre... como recuerdo sus consejos, no puedo dejar de pensar en usted, carajo- Joaquín recibe al hijo con un fuerte apretón, sin decir nada.
Tías, hermanas, amigos y vecinos dan la bienvenida al recién llegado. Todos los ojos están fijos en la gruesa cadena de oro, que desde el cuello oscila al compás de los movimientos del muchacho.
-Pero... mírate, si has crecido y todo... ahora si eres un real hombrecito. Armando sigue el sonido de las palabras y al girar el rostro la ve junto a la columna del portal. Está igualita a la que dejó cuando él se fue, como si los años nunca pasaran por ella y eso que, cuando se marchó, ella le duplicaba sus veinte.
Camina hacia la mujer que, con los brazos abiertos y una pícara sonrisa, lo atrapa sin reparos contra su cuerpo.
-Eslinda, cará... todavía sigues bella- atina a decir y los ojos le brillan.
-No como antes, pero ... ya vez que todavía mantengo algo- la mujer sin remilgos se lleva el pelo hacia atrás en involuntario gesto, como si quisiera exhibir lo que la ropa guarda.
Armando cierra los ojos y disfruta de nuevo de la esbeltez de aquel cuerpo, el desafío de unos senos medianos y la tersedad de una piel que se contrae al roce de los dedos, principalmente si la búsqueda se entretiene en la porción de las caderas.
-Dale mi macho, dale..sigue..sigue... –las palabras le retumban en los oídos, envolviéndolo en un éxtasis interminable. Se ve jinete sobre la soledad del cuarto, testigo silencioso por la ventana entreabierta del desfallecer del sol en la lejanía del mar, esa inmensidad azul que siempre le atrajo desde niño.
-No pares... no pares...sigue, sigue coño..-
Las palabras llenan los oídos y se resbalan. Se miran con ojos de la costumbre. Es la rutina del sexo lo que los une. Ella piensa en los verdes que pagan su osadía. Él, vivir un recuerdo.
Armando se siente mástil de la aurora. Ella vórtice y ama de las posiciones. Se cobijan en el desespero.
-Vírate...vamos vírate rápido que estoy llegando ya...
Eslinda es maestra de los años ya vividos ante el explotar metafórico de quien huye de los sueños. Quedan aletargados como figuras fantasmóricas en el ocaso.
La mujer mira al joven inerte en la cama y sabe que la victoria le sonríe. En los últimos diez años ha sabido sobrevivir con el grito de su entrepiernas, ganándole a los hombres el sustento de los días. Siempre hubo una primera vez.
-Tengo que dejarte, Armando... yo no puedo seguir así... sabes que tengo que mantener a mis muchachos. Un hilo plateado rueda por la mejilla de la mujer. Sabe que Armando ni estudia ni trabaja. Ernesto es más práctico y puede darle lo necesario. ¿Por qué entonces fijarse en los años que le lleva?. Esa es la vida. Siempre ha existido un Dios de las casas, los árboles y lo impredecible.
Armando la ve alejarse y un nudo se le incrusta en la garganta. ¿Cómo retener esa hembra? ¿Cómo? . Ni una idea le viene a la mente. Enciende un cigarro y se asoma a la ventana. La brisa húmeda sube del mar y le abofetea el rostro. Armando se queda en blanco, solo en sus pupilas se dibujan las verdes aguas que tanto le atraen.
-Así es el mundo, acá no querías trabajar...- es la voz del padre con sus regaños de siempre. Claro si tenías el plato de comida en la mesa. Pero ahora si tienes que trabajar para poder ostentar esos colgajos y mantener mujerzuelas. Yo me pasé la vida trabajando en el central, carijo, para que ustedes tuvieran lo mínimo.
-Sí, pero no teníamos nada- se mofa Armando, y sopesa bien las palabras antes de lanzarlas. Sin embargo con lo que les he enviado, mira la casa, no se parece a la de antes.
-Eso mismito digo yo, ya no se parece a la de antes, pero tampoco es mejor... ni nos ha cambiado a nosotros –responde Joaquín mientras la vista busca los ojos del muchacho-. También sabrás que todo ese dinero no ha servido para curar a tu madre.
-Bueno, -riposta Armando - si ustedes se hubiesen ido conmigo ... tal vez allá encontraría la cura.
-Dos viejos en altamar, sin rumbo y a lo que salga... eso no era lógico para nuestra edad.; ni pensarlo siquiera. Y además, sabes que yo aquí muero. Muy bien que tú acá podías haber trabajado o estudiado y contribuir a mitigar su enfermedad ...
Armando desvía la vista hacia el patio de la casa. Por entre los árboles vislumbra la chimenea del central, desnuda, solitaria y muda, cual vejestorio en el olvido.

Todo da vueltas en su cabeza. La inmensidad azul que siempre lo atrajo le resulta ahora más inmensa que nunca. Ya no siente el cuerpo siquiera, lleva horas en que dejó de sentir, primero las piernas, luego los brazos; solo las ideas comienzan a agolparse en su mente, como instantáneas. Padre, madre, tías, hermanas, amigos y vecinos se desdibujan de su pensamiento aunque trata de asirse a ellos con la poca fuerza que le queda. Inerte, se deja arrastrar por la quietud y las olas. Una aleta sobresale del agua, dándole vueltas desde hace algún rato.

-¿Cómo será el recibimiento?- se dice mentalmente y las imágenes saltan como ángeles en el techo.

martes, 12 de agosto de 2008

Líbranos de todo lo malo, señor

Género cuento
Autor: Rodrigo Motas Tamayo

Grazna una lechuza entre los árboles. Más allá de los cincuenta pasos no se ve nada. Genaro camina como quien lleva el espanto detrás de él.
-Vete a casa de Eulalia... pídele que haga algo por mi pequeña,- ha dicho la vieja con el rostro cruzado por las lágrimas.
Cruza el arrollo, la frialdad de la noche le golpea los brazos y la cara. Una mancha oscura le sigue por encima de los árboles. El presentimiento le golpea el pecho. Mira hacia todos los lados, y se presigna.
-Avemaría purísima, carijo... -masculla entre dientes y lanza un escupitajo al yerbazal. Sabe que falta poco para llegar a la casa de la espiritista.
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-Ves madre... ves, madre, vez esa luz que me llama... ¡Ay! que lindo es todo- la muchacha se levanta en la cama, los ojos cerrados y extendidas las manos, en busca de algo.
Un escalofrío le sube por las piernas hasta incrustarse en la espalda. Comienza a sudar, Eustacia sabe que en el cuarto hay más de dos personas.
La espiritista se presigna desde que entra al portal de la casa. Masculla algunas frases ininteligibles para Genaro y empuja con fuerza la puerta.
-Líbranos de todo lo malo, señor todopoderoso... líbranos de todo lo malo.
Una sombra inmensa les da de frente, tumbándoles en el piso, salta y se pierde en la oscuridad del camino.
-Qué fue eso, pregunta Genero, aún con los ojos fuera de las orbitas.
-Es ella que vino a buscarla... pero vamos, vamos pronto para el cuarto que todavía se podrá hacer algo... vamos.
La vela sobre el taburete llora cera derretida con apenas un soplo de luz. Eustacia yace sobre el cuerpo rígido de la hija.
Grazna una lechuza y se aleja en rápido vuelo. En el fondo del patio, una silueta juvenil, vestida de blanco y un halo de luz púrpura a su alrededor ríe con la ingenuidad de sus doce años. Salta por encima de los árboles y se pierde en la oscuridad de la noche.




lunes, 11 de agosto de 2008

CAMINO DE DIOSES

Autor: Rodrigo Motas Tamayo

-Usted está en dos mundos, muchacho- el negro viejo da vueltas a su alrededor. El sonido de la garganta es un resoplar de animales ancestrales. Ininteligible. Los ojos cerrados, sudoroso de cuerpo, mueve desordenadamente los brazos y sacude el manojo de albahaca una y otra vez sobre el rostro del joven.
Nadie en el recinto emite palabra alguna. Todos los ojos están fijos en el ritual. El muchacho, de pie, se mantiene mudo y la palidez le cubre el rostro. Un retumbar de sonidos ancestrales salen de su pecho como ritual de hombres primitivos.
El santero encorva el cuerpo hasta casi rozar el piso con las manos y se levanta rápido, llevando los brazos por encima de la cabeza, con el pie derecho zapatea el suelo.
-Los santos dicen que vives dos vidas- la voz sale ronca y destemplada. El manojo de albahaca se deshoja con cada sacudida.- iacará.... -un estremecimiento del cuerpo y el viejo se desploma cuan largo es; mientras, la música de los tambores mantiene atrapados a los presentes.
El silencio se incrusta por las cuatro paredes y se aloja en los rostros, la sala parece estar desierta y la luz mortecina de la farola dibuja espectros saltarines en el cuarto, cuyas figuras danzan febrilmente en las sombras.
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El cielo se abre estrellado, Armando pierde la vista en lo infinito de la noche, bocarriba, acostado en la placa de su casa. Allá en lo alto, un camino de pequeñas luces tiene la invitación impresa en el parpadear de los astros. Se siente extraño de improviso. Poco a poco los ojos se van cerrando, una sensación de la nada se apodera del cuerpo, hundiéndose en un abismo. Hace un esfuerzo y lleva los párpados hacia arriba. El paisaje se presenta delante, inmenso y sugestivo. Se ve de pie sobre una ondulación. El retumbar de los tambores se escucha distante, traído por la brisa. A su alrededor la sabana refulge con su amarillo oro movido por el viento.
La larga vara en la mano le da la seguridad de que toda aquella extensión de tierra, animales y árboles es suya. Sabe que los ancestros así lo han escrito por decisión de aquellos que vinieron de arriba. El verde oscuro de la floresta, allá en el horizonte, se diluye con la majestuosidad de las puntas de las pirámides y las gigantescas figuras de piedras.
Una mano invisible le mueve el pelo. Los tambores han dejado de sonar y un silencio tétrico viaja por la pradera. Olfatea el aire con fuerza. Olores conocidos y temidos llenan sus fosas nasales. Presiente el peligro. No siente miedo, pero el cuerpo palpita por la excitación del encuentro. Ha sido determinación suya ir solo al llamado del más allá, aun cuando los guerreros de la tribu suplicaron acompañarlo. No podían quedarse desamparados con la partida del hechicero. Vence la autoridad.
El olor a depredador se hace más intenso. Aguza el oído, ni un ruido siquiera. La hierba alta esconde todo, mientras baila suavemente al compás del viento. Sabe que el enfrentamiento es inevitable. Así está en la escritura de los Dioses. El destino siempre será inevitable para quienes viven dos veces.
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Rezongando, el hombre viejo se levanta del suelo:
-El peligro siempre acecha, muchacho...- y con voz ronca sentencia- es parte de tu miedo. Lo mira a los ojos firmemente. El joven ve en sus pupilas la inmensidad de una pradera desconocida; comienza a sudar mientras el cuerpo tiembla como hoja suelta de árbol. Vira los ojos, emite un profundo suspiro y se desploma sin sentido. Resuena los tambores con mayor fuerza.
-Paz y libertad para esta criatura- grita el negro dando vueltas alrededor del cuerpo caído.- Déjale la vida.
-Y ahora qué pasa?- exclama desde el rincón la madre, sin atreverse a traspasar el ritual del negro.
-Levántate, levántate- ordena el santero y sus labios se abren para dejar escapar palabras incomprensibles, mientras sus manos agitan desesperadamente una jícara llena de huesos de animales sagrados. La voz retumba atronadora dentro de la habitación, repicando entre las paredes.
-Levántate, te ordeno que te levantes. Los tambores se callan de golpe. El negro agita los brazos por sobre la cabeza y se queda erguido, con los ojos semicerrados.
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Pudo verlo por fracciones de segundos. Sale cual bólido de entre las hierbas, majestuoso y potente. Justo a tiempo, se aparta de la trayectoria del animal, que errado el blanco cae varios metros más allá. Ahora están de frente. El León lanza un potente rugido y arremete de nuevo. Su vista está fija en la víctima.
Para el zarpazo con la vara pero no puede esquivar la melenuda cabeza del animal. Siente los fuertes colmillos incrustarse en el hombro. El peso de la fiera lo tumba de espaldas.
Con ambas manos se aferra a la cabeza del León y aprieta con todas sus fuerzas. El abrazo se hace mortal para los dos. El hombre sabe que la vida se esconde en esos brazos, convertidos en tenazas. Innumerables veces lo comprobó en otros encuentros con la fiera. Solo que ahora, sabe también que llevan el cansancio de los años.
Los minutos pasan raudos y ambos luchan por la vida. La tenaza alrededor del cuello del león comienza a ceder. El hombre pierde mucha sangre por las heridas en el hombro, cada esfuerzo que hace se convierte en un hilo rojo que rueda cuerpo abajo, hasta encharcarse en la tierra.
Las mandíbulas del animal siguen aferradas al hueso y la carne. Siente el aliento del león envolverle los sentidos, el recuerdo de la sabana se dibuja difuso en sus ojos, desvaneciéndose. Se ve transportado entre cuatro pilares, fuertemente sujetado, y ascender por una gigantesca escalera al final de la cual, hombres de colorines y plumas elevan sus brazos a los Dioses.
El retumbar de los tambores se riega con su llamada de muerte. Siente que lo depositan sobre una rojiza meseta, desde donde ve pasar las nubes con una rapidez tremenda. Cegadora. Entre el cielo y su pecho se alza un cuchillo de piedra que comienza a caer vertiginosamente.
Una luz, pequeña e indefensa, se pierde en aquella inmensidad de espacio y tiempo, diluyéndose con el horizonte.
Aún puede escuchar, muy de lejos, el rugido triunfante del León.
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Levántate, levántate- retumba la voz en sus oídos. El muchacho siente el agridulce sabor de la carne cruda en la boca. Saborea con satisfación lo para él desconocido y abre los ojos, delante ve una inmensa y reluciente sabana de la que se siente dueño y señor. Por doquier resplandecen al sol figuras y piedras gigantescas, apuntando hacia la inmensidad del cielo.

El hechicero se encorva hasta tocar la tierra con el rostro. Hombres semidesnudos bailan frenéticos alrededor del fuego, impulsados por el ritmo de tambores que suenan a cataratas.
-Ay, mi hijito ...- grita con desespero la madre, arrodillada al lado del cuerpo inerte. - Vuelve, hijito, vuelve ... por Dios.
Un relámpago zizaguea por las nubes y el trueno resuena potente en la pradera. Un gigantesco pino cae al suelo envuelto en humo y llamas, fulminado por el corrientazo. Lenguas rojizas se asoman voraces por entre el verdeoscuro de los árboles. Los animales corren despavoridos, chocan unos con otros. Primero un murmullo, luego con su característico bramar de cueros, los tambores se escuchan desde todas partes en la sabana.
Armando toma la larga vara y se levanta, junto a él un león da cortos pasos de sumisión. El pecho se agita y crece. En la lejanía, donde las cosas se ven difusas por la distancia, brilla el pico de una pirámide entre los soberbios rascacielos. Hombre y León-León y hombre enrumban sus pasos hacia el horizonte, por el camino de los Dioses.

viernes, 8 de agosto de 2008

Te quise sin que lo sepas

Autor: Rodrtigo Motas Tamayo
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Se que te quise sin que lo sepas
Y aun sin saberlo te sigo queriendo.
Lastima que los cristales en tus ojos,
la pared del baño o los espejos del
auto,
el armario
o el techo de la casa alquilada
huelan ya a olvido,

No te busco,
ni menciono.
para que darle gusto al corazón,
prenda prehistórica de los 80
vertida en el desalojo de tus días.
Dónde buscar el pan de cada día?
Junto al bodeguero?
al merolico?
el visitante es mejor que la nada.
tiene ¨ verdes¨,
color de la metáfora con nombre de choppin

Se que te quise sin que lo sepas
y aun sin saberlo te sigo queriendo,
aunque solo pienses en lo extranjero.