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sábado 5 de marzo de 2011

OCHO DE MARZO: DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

´En los Andes puede estar el pedestal de nuestra libertad, pero el corazón de nuestra libertad está en nuestras mujeres´ 
                                                                              José Martí 







                                                              

"Aquí, en mi madre América, la hermosura besa en la mejilla a la mujer que nace¨ 


Pienso que la vida perdería su belleza sin las mujeres
creo que son vosotras el alma de la existencia
y en ustedes el amor es un arroyo de ternura que nos acaricia siempre
hasta en el lecho de la muerte
fieles a la vida que nos han dado, la vida que compartimos
...y esa que nos llenaron de sueños y esperanzas.
FELICIDADES MUJER EN ESTE OCHO DE MARZO

viernes 27 de agosto de 2010

Desmemoria

Por Rodrigo Motas Tamayo
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La ventana se esparce al olvido

calles sin transeúntes,

alaridos y pregones de carnaval.

Saltan ojos sin horizontes,

nombres o definidas siluetas

en la sed de sombras y máscaras,

y las calles susurran sus grietas,

grietas de pradera sin esperanzas o nivel.



El silencio se ahoga en el vacío

de un muro de recuerdos y orgías

con las olas del mar.

La torre blanca dormita sola,

fenece en la niebla

sin crono ni humo,

y las casas susurran sus secretos,

secretos de fantasmas y difuntos sin soñar.



Desmemoriada chica que se marchó en la mañana

sin el encanto de la oruga y el caracol

rabiosa manera de lograr el pan,

zapatos y vestidos en una noche que se cree demasiado larga

con vidrieras solo para ver.



Se sintió niña sin historia,

chismes o comentarios,

endeble manera de estirarse sobre las sombras

el día o el ayer

cuerpo de mujer convulso en su hora de gruta y mar.



Podrán olvidarse sus piernas sin medias

más allá del olvido,

la lujuria?

Angustias de una muñeca que ya no es de trapo

vaivén del reguetón,

caña y placer?

Serán holgazanes los buenos modales?

esa fotografía en el cajón de la abuela,

con letanía de pescado fresco,

habichuelas y la sartén.

La ventana se esparce al olvido

como desmemoriado pueblo

de costumbres y su viejo atardecer.

Sueños de grandeza

Por Rodrigo Motas Tamayo
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La vulgaridad de un pueblo pequeño no le cabía en la mente y tal vez por eso soñaba con ser otra cosa. Sus sueños de grandeza le marcaron los pasos por la vida. Cuando la volví a ver, éramos lo bastante creciditos para tener conciencia de nuestros actos, pero en aquellos primeros años, desde mi corta edad, no supe valorarla con certeza, pues mi prima siempre mostró ser más de lo que nos mostraba con su presencia.

De los varios ejemplares de distintas razas en la familia, era la única de piel trigueña y pelo como pájaros de noche. Su cuerpo delineó antes de ser adolescente y tal vez por ello se comportaba como toda una mujercita. Siempre fue independiente, y ya desde temprana edad la madre decía a gritos que no podía aguantarla.

El padre nunca estuvo cerca, prácticamente no lo llegó a ver en la infancia y creo que a esta altura jamás lo ha visto ni por fotografía.

Mi prima Sandra marcó mis primeros pasos y trastornó mi adolescencia. Tal vez sea cierto aquello que nuestro primer amor es la prima, pero lo cierto es que sin levantar un metro de la tierra mi corazoncito palpita tímido y furioso al solo oír su nombre y verla de visita en mi casa, o en la suya.

Allá iba yo como niño bueno a jugar a las casitas, ese juego en que nos creíamos mayores y dueños de casa con familia y todo. Ella siempre hacia de mamá y yo del hijo pequeño. Me cargaba y me mecía en sus brazos al conjuro de una canción de cuna. Nunca presté atención a la entonación o la letra, entusiasmado como estaba en alimentarme de los bulbos dibujados en su pecho. Con maestría incomparable para su papel de niña-mamá abría su blusita de corpiño y dejaba al descubierto sus pezoncitos, mientras arrullaba: -A ver la tetica del nené… vamos a tomar la lechita.

Y en esas teticas como retoños de malanga practique mis primeras aventuras para lo que haría en el mañana.

Las horas pasaban rápidas, aún cuando estuviésemos jugando dos o tres horas sin interrupciones familiares, porque primos al fin quien iba pensar nada malo y además mi prima por ser mayor me cuidaba.

Con el tiempo, a los juegos se unió Rosmeri, la vecinita de al lado, y entre ambas se repartían las tareas de la ficticia casa. Una lavaba, la otra barría, una cocinaba y la otra planchaba, pero a la hora de dar la comida al nené, ella sola me la daba.

Un día me enviaron a hacer los mandados a la imaginaria tienda detrás del tanque de agua de lluvia y al volver, las dos se estaban besando. Mi prima lamía los labios de la vecina que, quieta, se dejaba hacer mientras los colores del atardecer le cubrían la cara. Sentí celos de hombre chiquito y pregunté que qué pasaba allí, que por qué se estaban besando.

Ella me contestó que solo practicaban porque ya se hacía necesario contar con un hombre en la casa para que fuera el papá.

Le dije que yo podría pasarme para ese nuevo papel familiar y me dijo que aún era mi chiquito, que había que alimentarme mucho todavía.

Acto seguido abrió su blusa y me pidió que me acercara,. Me cargó sobre sus flacas y modeladas piernas de niña-mujer y me pegó contra sus dos limones. La vecinita se acercó y comenzó a cantarme bajito mientras sus manos entraban en mi portañuela.

-Vamos a dormir mi niño, que la noche llega ya. Vamos cierra los ojitos para que no venga el coco. Obediente, cerré los ojos, y mientras mi boca se aferraba a los pezones de miel sentía que sus labios se pegaban como si ambas estuviesen comiendo frutas.

Cada vez que abría un ojo me daban una nalgada con el consabido regaño, -Vamos, a dormir, niño malcriado.

Así pasaron los días y las semanas, siempre en mi papel de hijo, viendo como ellas hacían de papá y mamá.

Una tarde me dejaron fuera del juego porque tenían que hablar cosas de mayores. Con el pretexto de que no podía oir cuando discutían los adultos; realmente me echaron de la casita y ellas dos se quedaron solas.

Hice como que me iba y volví por la parte de atrás del tanque de agua de lluvia, sin que ellas me sintieran. No escuchaba la discusión prometida y solo oí algunos suspiros y un silencio que me enfurecía más y más. Decidido, entré de nuevo y las ví a las dos desnuditas, una encima de la otra, abrazadas y besuqueándose por dondequiera.

Esa tarde mi prima montó en cólera y me echó de verdad de sus juegos. Nunca la había visto molesta de esa forma. Tuve miedo y comprendiendo que perdía mi papel protagónico de hijo pequeño.

Pasaron los días, y desde mi casa solo veía cuando iban para la casita a sus juegos de mamá y papá. Luego comenzaron a visitarlas muchachos más grandes del barrio que entraban y salían al cabo de varios minutos. Realmente un desfile de colores y tamaños, y por ello nunca entendí realmente cuáles de ellos fueron mis padres de juego, pero lo cierto es que muchas veces repetían las entradas.

Mi prima Sandra fue así alejándose de mi, mientras me consumía en el olvido de sus juegos. A veces la veía asomada en la ventana de su casa, tarareando una canción de los Dan, y los ojos perdidos en no se sabe que rumbos. Los muchachos más grandes del barrio hicieron suyo el pasar todos los días cerca de esa ventana y desaparecían por el fondo de la casa de Amanda, quien también se esfumaba y solo aparecía al rato arreglándose el pelo en libre cascada.

Los sueños de grandeza de mi prima hicieron que se fuera a estudiar para La Habana. La madre se alegró que así lo hiciera, pues como comentó en mi casa, se quitaba un peso de arriba. Yo, cuando se fue, parecía que me cayera un edificio entero sobre el pecho. Tal vez fue que el peso que se quitó la madre me lo tiró a mí encima. Nunca dejé de pensar en mi prima Sandra, y mis lágrimas de hombre chiquito rodaron por mis mejillas cuando aún no tenía siete años.

Pasaron los años y en el pueblo cambiaron muchas cosas. El cine viejo de tablas de la calle Martí se derrumbó de viejo, al igual que muchos amigos de la casa dejaron de venir a visitarnos. Al principio pensaba que se habían ido como mi prima, pero un día escuché a papi decir que ya quedaban pocos de los buenos, uno a uno se derrumbaban como el viejo cine.

La vecinita de al lado, Rosmeri, se quedó de heredera de la casita de juegos y creció entre las escapaditas de los varones del barrio, quienes le hacían colas interminables. Un día, en noche de carnaval, nos llegó la noticia de que la encontraron muerta en un potrero con sonrisa de santa y una herida en la garganta. Ella aprendió de mi prima la grandeza de sus sueños.

Terminé el sexto grado y tuve que becarme para las Veguitas, plan de escuelas en el campo en el municipio Yara. Un día, al llegar de pase, mi sorpresa fue encontrarme con Sandra en mi casa. Estaba radiante, una trigueña a plenitud, con su pelo coqueteándole las nalgas, Vestía chaqueta de cuero, falda corta y botines altos y una infinidad de gangarrias cubrían su manos y cuello. Parecía un ser de otro planeta, y pensé que estaba muy a tono con sus sueños de grandeza.

Me miró y enseguida soltó con euforia. -Pero si es mi primo preferido, mira eso, ya eres todo un hombrecito… a ver ojos lindos, déjame mirarte bien. Me sopeteó como a un animal en venta, sin dejarme de besar la cara, el cuello y las manos. La sorpresa me dejó plantaó, no atinaba a hacer nada y ella se despachó a sus anchas como cuando jugábamos a la casita.

-A ver, qué me cuentas … cómo van las cosas por aquí… ya tienes novia.

Mi negativa con la cabeza le dio valor y soltó sin miramientos.

-Esta noche ve a mi casa, vamos a recordar viejos tiempos, verdad, mi lindo.

Si, atiné a decir, fija la mirada en aquellas dos piernas redondeadas que se alejaban llevándose a quien había roto mi corazón de niño.

La confianza familiar nos permitió encerrarnos en el cuarto para contarnos los últimos pormenores del barrio y La Habana. Su cara linda iluminaba la habitación, pero no impidió que me percatara de la tristeza de sus ojos. Bebió de una botella verde con olor a menta, y sonriendo se me acercó y abriéndose la blusa, me dijo:

- Vamos mi niño lindo, hora de comer, tome su tetica.

No esperaba, aunque sí, que fuera tan rápida. Eso me desconcertó y quedé paralizado frente a ella.

-Vamos, vamos que no se diga… ya a tu edad debes de haber cogido aunque fuera solo una chiva. Vamos, cógela en la boca que esta teta es tuya.

No me di a rogar y abarque con mi boca aquella rolliza masa que se desbordaba entre mis labios.

-Que perverso eres, te prendes como un ternero…. Vamos hazlo suave que yo no me voy a ir ahora. Su mano se deslizó por mi muslo con destreza increíble y se posó en lo que me dieron de hombre, aguantándolo para que no estallara.

-Como has crecido… ahora si eres un hombrecito de verdad… Ves, ahora si puedes hacer de papá… quieres- decía mientras me empujaba sobre la cama.

Se desnudó sin darme cuenta y en un abrir y cerrar de ojos estaba sobre mi. Cogió entre sus manos lo que se me salía de la portañuela y comenzó a flotarse allí donde la noche se vuelve cañada.

Pude aguantar las ganas para no explotar sin haber sentido la humedad de su furia. Cerré los ojos y comencé a pensar en otra cosa. Suavemente, se incrustó sobre mi miembro y al rozarnos piel con piel, gimió como paloma herida de bala. Sentí las paredes del cuarto girar sobre mi cabeza o sobre mi cuerpo, aún no se descifrar bien si eran las paredes o ella, pero todo era tan rápido que me mordí los labios aguantando el tener que bombardearla con granadas, cañón y todo tipo de armamento.

Pasaron los minutos como pestañazos, y al fin, jadeante, se derrumbó sobre mi pecho con su aliento de licor de pradera . Intenté moverme y me apretó fuerte, susurrando que no lo hiciera. Que por su dios no lo hiciera, y como nunca he tenido yo alguno, la tumbé sobre la cama, de espaldas, y me encaramé lo más rápido que pude sobre ella, aplastándola con mi peso. Hinque fuerte entre sus nalgas y viví la penetración sin miramientos. Se quedó quieta, como caracol acurrucado, mientras le mordía suave el cuello y besaba el pelo en cascada.

Entre gemidos cortos me pedía que me moviera más y más o que parara, que no me moviera así, sino así, hazlo suave papi, no te apures… vamos que vine para quedarme, para seguir jugando a la casita como antes, mi macho… vamos coño que no me voy…y sin que me diera cuenta fui yo el que me vine para quedarme, como toalla mojada sobre su espalda..

Se viró despacio, abriéndose como flor ante mis ojos invitándome con el gesto a deambular por su pubis rasurado, ese que recordaba liso y pequeño de cuando jugaba a mamá y papá con la vecinita de al lado.

Me sumergí en aquella tembladera imitando cuando me daba de comer con su teta. Se revolvió frenética, lujuriosa, hincándome las uñas en la piel y apretándome hacia dentro como si quisiera ser mamá pero para sus entrañas. Sus fluidos mojaban mi cara pegada a los movimientos de su cadera. Poco a poco se fue ladeando hasta poner lo mío en su boca, y sentí que el mundo tiene colores y estrellas que viajan dándome vueltas en la cabeza, y sentí que el universo se hizo pequeño con su luz en mi boca.

Pasaron los días y la alegría de mi infancia colmó mi existencia, pero ya éramos adultos jugando juegos de mayores. Mi prima Sandra siempre tuvo sueños de grandeza.

Volvió a irse para La Habana. La madre vino sonriendo a mi casa y le comentó a mamá haberse quitado otra vez un peso de encima. Según dijo, vivía avergonzada por que su hija la habían expulsado de la capital no se sabe porque andanzas.

Tal vez mi tía se había quitado un peso de arriba y yo volvía a cargar con el jolongo, y a vivir enamorado de la tristeza de los ojos de mi prima Sandra.

viernes 29 de mayo de 2009

Mujer

Autor Rodrigo Motas Tamayo
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Desatar tu cuerpo
en palabras
es robarle el universo
al tiempo.

Cuando los días entristecen
mi existencia
busco palabras para tus manos,
tus piernas,
tu boca y tu silencio.

Busco palabras para tus senos,
tu cadera,
tu sexo
y muero ahogado
en los gemidos
como esclavo de las noches
en que las palabras enmudecen
y te haces dueña de mi universo,
el tiempo
y mi destino.

domingo 8 de marzo de 2009

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Eres flor que nunca marchitas
y tus frutos abren surcos de vida en la esperanza.
rmt. 8 de marzo/2009
Autor Rodrigo Motas Tamayo

Mujer
Sortilegio de la tarde
estremecida en la cintura del tiempo,
huracán de los días
las noches
y los años.
Quietud del amanecer
que se embravece
hasta acariciar la orilla
de los besos.
Palabra que se escurre
convertida en sangre,
sabia y sabiduría
y cala dentro de las iglesias,
las casas,
los pórticos,
áticos
y calles.
Preñez de la mañana
lirio de la nostalgia.
que eclosiona en risas
abriendo surcos
esperanzas
y vida.
Sortilegio de la tarde
vestida de novia,
miliciana,
maestra
médico
MADRE
y luz.

sábado 21 de febrero de 2009

Una diosa en mi barrio.

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

La calle esta desierta, pero sé que pronto ha de pasar. La brisa llega del sur-oeste con su carga de salitre y humedad. El silencio de la calle es roto de vez en vez por los pasos de los primeros transeúntes de la mañana. Destellos de luces se escapan por las rendijas de algunas casas, donde el ajetreo mañanero cobra vida.
Hace frío, un frío seco que entumece, que me desespera y me hace girar en mi mismo una y otra vez, buscando calor con el movimiento. Siento sus pasos y, como cada día, espero. Ya es un hábito verla temprano, nunca después de las seis. Hoy lleva el vestido de siempre, ese que le da forma al cuerpo, ajustado a las curvas, y la convierte en diosa, la diosa de mis días.
-Mi viejito lindo- dice al cruzar frente a mí, mientras su mano se posa en la cabeza en fugaz caricia; sigue sus pasos y la risa se aleja por la calle, dejándome en los oídos un murmullo de complacencia.
Desde la ventana de la casa de enfrente atisbo un rostro desgreñado tras las persianas, sonrío para mí, sabiendo que la vieja es un reloj para despertarse cuando pasa la muchacha.
-Ya va en camino… no tiene vergüenza- la escucho mascullar- En mis tiempos había más decencia y las mujeres nos respetábamos más a nosotras mismas. Insolente…venderse por dinero cuando el trabajo honesto enaltece. Realmente no sé porque su adversión por la joven. Sus pasos, lentos y arrastrados, salen del cuarto y se dirigen hacia el fondo de la casa. La imagino entrando al baño, como todos los días, y sé que sigue.
Salgo del portal y desde la acera puedo ver a mi diosa, una cuadra más abajo, doblar la esquina hacia el punto del pan. Se que volverá por el mismo camino y la espero.
Respiro el aire fresco, siento un cosquilleo en los pulmones y un gran alivio en las extremidades. Bostezo. El barrendero pasa raudo con su escobillón, arrastrando los desperdicios y suciedad de la noche anterior. Ese si es un hombre de trabajo. No falla.
El consultorio del médico de la familia abre sus puertas y la blancura del uniforme de la enfermera resalta en la penumbra del interior del inmueble. Por el olor que me llega se que es Mariantonia, la muchacha de los ojos verdes que me curó durante tres días cuando el camión me chocó. Muy jovencita pero muy profesional, y muy buena por cierto.
-Ahí está el muy zorro, clase viejo zorro…con él hay que tener cuidado.
-Y dígalo, el otro día me corrió hasta casa de Fernando, y eso que no me metí con él.
Los dos muchachos vestidos de uniforme pasan rápido delante de mí, señalándome con el dedo y con el susto reflejado en los ojos.
-Está loco y viejo- dice uno y las palabras esconden su miedo.
-Viejo, si, viejo, pero con ínfulas de jovencito, quien no quita que muerdan…nadas más se mete con las muchachitas; es como mi abuelo, con sus 90 años hay que tenerle cuidado también y no tiene dientes.
No les hago caso, simplemente los sigo con la vista hasta que desaparecen tres cuadras más abajo, por la carretera. Allá en la esquina, con su habitual complejo de poste está parado Andrés, el único de la cuadra que no trabaja ni hace nada, pero que siempre anda de juerga. El pegajoso olor a Partagás me lastima la nariz, y veo la bocanada de humo ascender en la distancia. Ahora se piensa que es de buena familia porque tiene un hermano afuera. En mis años mozos, las familias eran buenas por dos palabras : decencia y honradez. Ahora muchos no saben lo que es eso.
-Cómo andas, asere-
-Aquí, en la lucha- responde Andrés al recién llegado.
-Bueno, y de la pasta qué.
-Nada, molina, esperando.
-Pues, narra, hace falta que te movilices, estoy en baja.
-De mañana no pasa, ambia, de mañana no pasa. Escucho cada palabra con nitidez, muchos se asombran de mi alcance para escuchar cosas, algunos me señalan riendo y dicen que tengo oídos de tuberculoso. Claro, no entiendo nada de eso ni de lo que acabo de escuchar, parece que es otro idioma, como tampoco se en que anda Andrés, aunque muchas noches lo he visto deambular por las calles sin rumbo fijo.
De mi cuadra conozco muchas cosas, algunas de ellas desconocidas hasta por los propios vecinos. Sufro de insomnio y algunas noches transcurren como si estuviera de guardia. Me quedo quieto en la penumbra del portal y los que pasan ni se percatan de que existo. Ello funciona a mi favor, pues veo sin que me vean.
La otra noche, Juanita llegó con su amiguita de los últimos días y se encerraron en el cuartito de la casa de la esquina, se escucharon risas y palabrotas hasta bien entrada la madrugada, después percibí un jadeo que se fue haciendo más frenético hasta romper en un suspiro de satisfacción. Juanita siempre me pareció extraña, pero bueno, no soy quien para juzgarla.
Ya vuelve para la ventana la vieja fea de enfrente. Coño, que vieja más chismosa. Oiga, se le va la vida pegada a la persiana. Y como habla después. Todo lo dice y más agrandado. Por sus chismes Alfredo botó a la mujer de la casa.
-Oiga, como se lo cuento, yo misma lo ví, cuando usted se fue para La Habana, su mujer metió al vendedor de dulce en el cuarto, estuvieron ahí como una hora y cuando el muchacho salió iba sudado y sin voz casi para pregonar el dulce guayaba.
Desde el portal de mi existencia, y lo digo así con propiedad porque cuando uno llega a viejo, ya no tiene espacio en la casa y es como que no sirve para nada más, he visto demasiado, realmente demasiado. Si fuera escritor, bueno me hubieran colgado ya por las cosas que he visto y sé. Mucha gente cree que no los veo. Bueno, quizás sea que no les importa.
La diosa de me vida aún no pasa. Reconozco que es un amor platónico, pues a mi edad y en mi condición nunca podría alcanzar a ser uno de sus amantes, además, desde que llegó ese peligato de la yuma paga sus servicios con verdes y no la deja ni moverse en el barrio. Lo que pasa es que siempre me ha tratado bien, y más que dos o tres palabras cariñosas siempre ha tenido una caricia para mí, aprendí así a amarla en distancia. Bueno, una vez si pude verla de cerca. Fue en la noche de fin de año, y todavía no estaba con el extranjero. Al lado de la casa se metió con el pretexto de ver la novela, y por lo que escuché y vi esa fue la mejor novela de la que tengo conocimiento. Como a las once salió a asearse al patio. Iba desnuda completa. La luz de la bombilla le daba de frente y pude apreciarla en todas sus formas. Que clase cadera. Como un ladrón me quedé agazapado detrás de la cerca. El prominente pecho era una invitación para los mortales. Sentí un escalofrío correr por mis vértebras. El olor a hembra era desquiciante. No la volví a ver así más nunca, pero les aseguro que en la mente tengo retratada su silueta de diosa.
Ese es su perfume, ya debe de venir. Allá está. Se acerca.
-Todavía sigues ahí, mi viejito… ah, seguro que esperabas por mi vuelta. Socarrón…
La sonrisa en los labios me hace mover el rabo, mientras una mano suave y perfumada rasca mi cabeza. Un gruñido de satisfación se me escapa de la garganta.

Sin pelos en la lengua

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

Claro que tengo que decírtelo en la cara, si, mi hijita en tu mismita cara: Eres una descará y una pervertida. Tantas posibilidades que hay ahora para trabajar y estudiar y tu aún desaprovechas oportunidades. Acaso el dinero fácil te compra la vergüenza perdida, ah, no, claro que no. Oiga y mira que ponerse a estudiar con eso de que hasta nos pagan por hacerlo, eso no se ve en otra parte del mundo.
Pero no me mires así, sabes que tengo razón. Piensa, aunque sea por una vez en tu vida. Divorciada y un muchacho, ahora dos bocas en la casa a cargo de tus viejos. Desconsiderada, eso es lo que eres, una desconsiderada, porque lo que ganas con tu entrepiernas solo es para trapos y querer ostentar. Debería darte vergüenza, si, no me mires así, ya te dije. No me hagas ofuscar, porque mira… bueno, es mejor coger calma. No vales la pena.
Ahora, pìensa, piensa, tú crees que no me duele decirte todas estas cosas, ah, claro que sí porque te veo a ti como a mi misma. Somos mujeres no. Bueno, no se ya tú. Porque siempre se ha dicho que las putas al final se cambian de bando y tú andas de mucho metimiento con la desgreña esa que se cree que está muy buena y ya tiene comentarios de videitos escondidos y tó eso. Tan joven y no piensa en el mañana, en los hijos, que después se lo sacan; que la gente piense lo que le de la gana, no importa, cada cual es un mundo aparte, pero los hijos… lo que hagamos tiene que ver con ellos también.
Te lo digo sin pelos en la lengua, el camino que llevas no es bueno. Fernando con todo su dinero no va a hacer nada por ti, ni Manolo tampoco, y Agustín, ni se diga; como tampoco esperes nada de esos estudiantes, esos solo comen y se van. Oye, aprende, hay que tener buenos momentos, pero también responsabilidad. Vaya, si no piensas en ti piensa en tu hijo. Ahora está chiquito y no ve las cosas, pero cuando crezca no sabes lo que te espera. Serás condenada.
Por eso mijita, deja ya de ser tan descarada. No te quito que una noche entre brazos de hombres, no importa el color o el tamaño, tiene sus cosas buenas y malas, buenas si realmente las disfrutas, pero sabes bien que después del tercero ya son más que malas.
Eh, eh, no me vengas que con lo que te pagan puedes comprar zapatos y pantalonetas. Eso es mierda mi amiga, un día se rompen y bótalas, pero lo que tu lleves roto, sabes que eso es para toda la vida. Y si sigues así, la que tendrás rota de por siempre es la vida.
Tronco pendeja, ¿acaso no tienes valor para decir no? No puedes mirar hacia el lado, hacia esas puertas que están abiertas para todas nosotras, no, mira a Juanita, cierto que dejó la escuela porque salió embarazada y se pasó años lavando trapos, pero ahora, ahora es toda una enfermera. En cuanto vio claro, enrrumbo los pasos y en el barrio todo el mundo la quiere.
Pero a ti, mírate no más, nadie te respeta. Los viejos verdes se te acercan para sus últimos cartuchazos, y las vecinas te tratan por cortesía, a ver, alguna de aquí deja salir sus hijas contigo. No, claro que no. Eres una mierda, concho, date cuenta.
Ah, pero te ofendes.. mira chica, ya te dije que no me hagas encabronar… me conoces bien y soy de las que no aguanta pendejadas… así que arrea, vamos arrea que si no te rompo el palo de la escoba en la cara, en esa carota de sinverguenza. Descara. Ah, pero levantas la mano para golpearme, es mierda lo que te dije… pues mira chica, deja el alarde y cambia la cara que aquí la que pega soy yo. Plaf, plaf…y el espejo cayó echo añicos a sus pies.