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sábado, 21 de febrero de 2009

Una diosa en mi barrio.

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

La calle esta desierta, pero sé que pronto ha de pasar. La brisa llega del sur-oeste con su carga de salitre y humedad. El silencio de la calle es roto de vez en vez por los pasos de los primeros transeúntes de la mañana. Destellos de luces se escapan por las rendijas de algunas casas, donde el ajetreo mañanero cobra vida.
Hace frío, un frío seco que entumece, que me desespera y me hace girar en mi mismo una y otra vez, buscando calor con el movimiento. Siento sus pasos y, como cada día, espero. Ya es un hábito verla temprano, nunca después de las seis. Hoy lleva el vestido de siempre, ese que le da forma al cuerpo, ajustado a las curvas, y la convierte en diosa, la diosa de mis días.
-Mi viejito lindo- dice al cruzar frente a mí, mientras su mano se posa en la cabeza en fugaz caricia; sigue sus pasos y la risa se aleja por la calle, dejándome en los oídos un murmullo de complacencia.
Desde la ventana de la casa de enfrente atisbo un rostro desgreñado tras las persianas, sonrío para mí, sabiendo que la vieja es un reloj para despertarse cuando pasa la muchacha.
-Ya va en camino… no tiene vergüenza- la escucho mascullar- En mis tiempos había más decencia y las mujeres nos respetábamos más a nosotras mismas. Insolente…venderse por dinero cuando el trabajo honesto enaltece. Realmente no sé porque su adversión por la joven. Sus pasos, lentos y arrastrados, salen del cuarto y se dirigen hacia el fondo de la casa. La imagino entrando al baño, como todos los días, y sé que sigue.
Salgo del portal y desde la acera puedo ver a mi diosa, una cuadra más abajo, doblar la esquina hacia el punto del pan. Se que volverá por el mismo camino y la espero.
Respiro el aire fresco, siento un cosquilleo en los pulmones y un gran alivio en las extremidades. Bostezo. El barrendero pasa raudo con su escobillón, arrastrando los desperdicios y suciedad de la noche anterior. Ese si es un hombre de trabajo. No falla.
El consultorio del médico de la familia abre sus puertas y la blancura del uniforme de la enfermera resalta en la penumbra del interior del inmueble. Por el olor que me llega se que es Mariantonia, la muchacha de los ojos verdes que me curó durante tres días cuando el camión me chocó. Muy jovencita pero muy profesional, y muy buena por cierto.
-Ahí está el muy zorro, clase viejo zorro…con él hay que tener cuidado.
-Y dígalo, el otro día me corrió hasta casa de Fernando, y eso que no me metí con él.
Los dos muchachos vestidos de uniforme pasan rápido delante de mí, señalándome con el dedo y con el susto reflejado en los ojos.
-Está loco y viejo- dice uno y las palabras esconden su miedo.
-Viejo, si, viejo, pero con ínfulas de jovencito, quien no quita que muerdan…nadas más se mete con las muchachitas; es como mi abuelo, con sus 90 años hay que tenerle cuidado también y no tiene dientes.
No les hago caso, simplemente los sigo con la vista hasta que desaparecen tres cuadras más abajo, por la carretera. Allá en la esquina, con su habitual complejo de poste está parado Andrés, el único de la cuadra que no trabaja ni hace nada, pero que siempre anda de juerga. El pegajoso olor a Partagás me lastima la nariz, y veo la bocanada de humo ascender en la distancia. Ahora se piensa que es de buena familia porque tiene un hermano afuera. En mis años mozos, las familias eran buenas por dos palabras : decencia y honradez. Ahora muchos no saben lo que es eso.
-Cómo andas, asere-
-Aquí, en la lucha- responde Andrés al recién llegado.
-Bueno, y de la pasta qué.
-Nada, molina, esperando.
-Pues, narra, hace falta que te movilices, estoy en baja.
-De mañana no pasa, ambia, de mañana no pasa. Escucho cada palabra con nitidez, muchos se asombran de mi alcance para escuchar cosas, algunos me señalan riendo y dicen que tengo oídos de tuberculoso. Claro, no entiendo nada de eso ni de lo que acabo de escuchar, parece que es otro idioma, como tampoco se en que anda Andrés, aunque muchas noches lo he visto deambular por las calles sin rumbo fijo.
De mi cuadra conozco muchas cosas, algunas de ellas desconocidas hasta por los propios vecinos. Sufro de insomnio y algunas noches transcurren como si estuviera de guardia. Me quedo quieto en la penumbra del portal y los que pasan ni se percatan de que existo. Ello funciona a mi favor, pues veo sin que me vean.
La otra noche, Juanita llegó con su amiguita de los últimos días y se encerraron en el cuartito de la casa de la esquina, se escucharon risas y palabrotas hasta bien entrada la madrugada, después percibí un jadeo que se fue haciendo más frenético hasta romper en un suspiro de satisfacción. Juanita siempre me pareció extraña, pero bueno, no soy quien para juzgarla.
Ya vuelve para la ventana la vieja fea de enfrente. Coño, que vieja más chismosa. Oiga, se le va la vida pegada a la persiana. Y como habla después. Todo lo dice y más agrandado. Por sus chismes Alfredo botó a la mujer de la casa.
-Oiga, como se lo cuento, yo misma lo ví, cuando usted se fue para La Habana, su mujer metió al vendedor de dulce en el cuarto, estuvieron ahí como una hora y cuando el muchacho salió iba sudado y sin voz casi para pregonar el dulce guayaba.
Desde el portal de mi existencia, y lo digo así con propiedad porque cuando uno llega a viejo, ya no tiene espacio en la casa y es como que no sirve para nada más, he visto demasiado, realmente demasiado. Si fuera escritor, bueno me hubieran colgado ya por las cosas que he visto y sé. Mucha gente cree que no los veo. Bueno, quizás sea que no les importa.
La diosa de me vida aún no pasa. Reconozco que es un amor platónico, pues a mi edad y en mi condición nunca podría alcanzar a ser uno de sus amantes, además, desde que llegó ese peligato de la yuma paga sus servicios con verdes y no la deja ni moverse en el barrio. Lo que pasa es que siempre me ha tratado bien, y más que dos o tres palabras cariñosas siempre ha tenido una caricia para mí, aprendí así a amarla en distancia. Bueno, una vez si pude verla de cerca. Fue en la noche de fin de año, y todavía no estaba con el extranjero. Al lado de la casa se metió con el pretexto de ver la novela, y por lo que escuché y vi esa fue la mejor novela de la que tengo conocimiento. Como a las once salió a asearse al patio. Iba desnuda completa. La luz de la bombilla le daba de frente y pude apreciarla en todas sus formas. Que clase cadera. Como un ladrón me quedé agazapado detrás de la cerca. El prominente pecho era una invitación para los mortales. Sentí un escalofrío correr por mis vértebras. El olor a hembra era desquiciante. No la volví a ver así más nunca, pero les aseguro que en la mente tengo retratada su silueta de diosa.
Ese es su perfume, ya debe de venir. Allá está. Se acerca.
-Todavía sigues ahí, mi viejito… ah, seguro que esperabas por mi vuelta. Socarrón…
La sonrisa en los labios me hace mover el rabo, mientras una mano suave y perfumada rasca mi cabeza. Un gruñido de satisfación se me escapa de la garganta.

2 comentarios:

Al Godar dijo...

Incluyo tu blog en mi lista de Blogs Sobre Cuba
Saludos,
Al Godar

Rodrigo Motas Tamayo dijo...

gracias por la gentileza de tu parte.
saludos
r. motas