viernes 29 de mayo de 2009

Mujer

Autor Rodrigo Motas Tamayo
-----------------------------

Desatar tu cuerpo
en palabras
es robarle el universo
al tiempo.

Cuando los días entristecen
mi existencia
busco palabras para tus manos,
tus piernas,
tu boca y tu silencio.

Busco palabras para tus senos,
tu cadera,
tu sexo
y muero ahogado
en los gemidos
como esclavo de las noches
en que las palabras enmudecen
y te haces dueña de mi universo,
el tiempo
y mi destino.

domingo 8 de marzo de 2009

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Eres flor que nunca marchitas
y tus frutos abren surcos de vida en la esperanza.
rmt. 8 de marzo/2009
Autor Rodrigo Motas Tamayo

Mujer
Sortilegio de la tarde
estremecida en la cintura del tiempo,
huracán de los días
las noches
y los años.
Quietud del amanecer
que se embravece
hasta acariciar la orilla
de los besos.
Palabra que se escurre
convertida en sangre,
sabia y sabiduría
y cala dentro de las iglesias,
las casas,
los pórticos,
áticos
y calles.
Preñez de la mañana
lirio de la nostalgia.
que eclosiona en risas
abriendo surcos
esperanzas
y vida.
Sortilegio de la tarde
vestida de novia,
miliciana,
maestra
médico
MADRE
y luz.

sábado 21 de febrero de 2009

Una diosa en mi barrio.

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

La calle esta desierta, pero sé que pronto ha de pasar. La brisa llega del sur-oeste con su carga de salitre y humedad. El silencio de la calle es roto de vez en vez por los pasos de los primeros transeúntes de la mañana. Destellos de luces se escapan por las rendijas de algunas casas, donde el ajetreo mañanero cobra vida.
Hace frío, un frío seco que entumece, que me desespera y me hace girar en mi mismo una y otra vez, buscando calor con el movimiento. Siento sus pasos y, como cada día, espero. Ya es un hábito verla temprano, nunca después de las seis. Hoy lleva el vestido de siempre, ese que le da forma al cuerpo, ajustado a las curvas, y la convierte en diosa, la diosa de mis días.
-Mi viejito lindo- dice al cruzar frente a mí, mientras su mano se posa en la cabeza en fugaz caricia; sigue sus pasos y la risa se aleja por la calle, dejándome en los oídos un murmullo de complacencia.
Desde la ventana de la casa de enfrente atisbo un rostro desgreñado tras las persianas, sonrío para mí, sabiendo que la vieja es un reloj para despertarse cuando pasa la muchacha.
-Ya va en camino… no tiene vergüenza- la escucho mascullar- En mis tiempos había más decencia y las mujeres nos respetábamos más a nosotras mismas. Insolente…venderse por dinero cuando el trabajo honesto enaltece. Realmente no sé porque su adversión por la joven. Sus pasos, lentos y arrastrados, salen del cuarto y se dirigen hacia el fondo de la casa. La imagino entrando al baño, como todos los días, y sé que sigue.
Salgo del portal y desde la acera puedo ver a mi diosa, una cuadra más abajo, doblar la esquina hacia el punto del pan. Se que volverá por el mismo camino y la espero.
Respiro el aire fresco, siento un cosquilleo en los pulmones y un gran alivio en las extremidades. Bostezo. El barrendero pasa raudo con su escobillón, arrastrando los desperdicios y suciedad de la noche anterior. Ese si es un hombre de trabajo. No falla.
El consultorio del médico de la familia abre sus puertas y la blancura del uniforme de la enfermera resalta en la penumbra del interior del inmueble. Por el olor que me llega se que es Mariantonia, la muchacha de los ojos verdes que me curó durante tres días cuando el camión me chocó. Muy jovencita pero muy profesional, y muy buena por cierto.
-Ahí está el muy zorro, clase viejo zorro…con él hay que tener cuidado.
-Y dígalo, el otro día me corrió hasta casa de Fernando, y eso que no me metí con él.
Los dos muchachos vestidos de uniforme pasan rápido delante de mí, señalándome con el dedo y con el susto reflejado en los ojos.
-Está loco y viejo- dice uno y las palabras esconden su miedo.
-Viejo, si, viejo, pero con ínfulas de jovencito, quien no quita que muerdan…nadas más se mete con las muchachitas; es como mi abuelo, con sus 90 años hay que tenerle cuidado también y no tiene dientes.
No les hago caso, simplemente los sigo con la vista hasta que desaparecen tres cuadras más abajo, por la carretera. Allá en la esquina, con su habitual complejo de poste está parado Andrés, el único de la cuadra que no trabaja ni hace nada, pero que siempre anda de juerga. El pegajoso olor a Partagás me lastima la nariz, y veo la bocanada de humo ascender en la distancia. Ahora se piensa que es de buena familia porque tiene un hermano afuera. En mis años mozos, las familias eran buenas por dos palabras : decencia y honradez. Ahora muchos no saben lo que es eso.
-Cómo andas, asere-
-Aquí, en la lucha- responde Andrés al recién llegado.
-Bueno, y de la pasta qué.
-Nada, molina, esperando.
-Pues, narra, hace falta que te movilices, estoy en baja.
-De mañana no pasa, ambia, de mañana no pasa. Escucho cada palabra con nitidez, muchos se asombran de mi alcance para escuchar cosas, algunos me señalan riendo y dicen que tengo oídos de tuberculoso. Claro, no entiendo nada de eso ni de lo que acabo de escuchar, parece que es otro idioma, como tampoco se en que anda Andrés, aunque muchas noches lo he visto deambular por las calles sin rumbo fijo.
De mi cuadra conozco muchas cosas, algunas de ellas desconocidas hasta por los propios vecinos. Sufro de insomnio y algunas noches transcurren como si estuviera de guardia. Me quedo quieto en la penumbra del portal y los que pasan ni se percatan de que existo. Ello funciona a mi favor, pues veo sin que me vean.
La otra noche, Juanita llegó con su amiguita de los últimos días y se encerraron en el cuartito de la casa de la esquina, se escucharon risas y palabrotas hasta bien entrada la madrugada, después percibí un jadeo que se fue haciendo más frenético hasta romper en un suspiro de satisfacción. Juanita siempre me pareció extraña, pero bueno, no soy quien para juzgarla.
Ya vuelve para la ventana la vieja fea de enfrente. Coño, que vieja más chismosa. Oiga, se le va la vida pegada a la persiana. Y como habla después. Todo lo dice y más agrandado. Por sus chismes Alfredo botó a la mujer de la casa.
-Oiga, como se lo cuento, yo misma lo ví, cuando usted se fue para La Habana, su mujer metió al vendedor de dulce en el cuarto, estuvieron ahí como una hora y cuando el muchacho salió iba sudado y sin voz casi para pregonar el dulce guayaba.
Desde el portal de mi existencia, y lo digo así con propiedad porque cuando uno llega a viejo, ya no tiene espacio en la casa y es como que no sirve para nada más, he visto demasiado, realmente demasiado. Si fuera escritor, bueno me hubieran colgado ya por las cosas que he visto y sé. Mucha gente cree que no los veo. Bueno, quizás sea que no les importa.
La diosa de me vida aún no pasa. Reconozco que es un amor platónico, pues a mi edad y en mi condición nunca podría alcanzar a ser uno de sus amantes, además, desde que llegó ese peligato de la yuma paga sus servicios con verdes y no la deja ni moverse en el barrio. Lo que pasa es que siempre me ha tratado bien, y más que dos o tres palabras cariñosas siempre ha tenido una caricia para mí, aprendí así a amarla en distancia. Bueno, una vez si pude verla de cerca. Fue en la noche de fin de año, y todavía no estaba con el extranjero. Al lado de la casa se metió con el pretexto de ver la novela, y por lo que escuché y vi esa fue la mejor novela de la que tengo conocimiento. Como a las once salió a asearse al patio. Iba desnuda completa. La luz de la bombilla le daba de frente y pude apreciarla en todas sus formas. Que clase cadera. Como un ladrón me quedé agazapado detrás de la cerca. El prominente pecho era una invitación para los mortales. Sentí un escalofrío correr por mis vértebras. El olor a hembra era desquiciante. No la volví a ver así más nunca, pero les aseguro que en la mente tengo retratada su silueta de diosa.
Ese es su perfume, ya debe de venir. Allá está. Se acerca.
-Todavía sigues ahí, mi viejito… ah, seguro que esperabas por mi vuelta. Socarrón…
La sonrisa en los labios me hace mover el rabo, mientras una mano suave y perfumada rasca mi cabeza. Un gruñido de satisfación se me escapa de la garganta.

Sin pelos en la lengua

Cuento
Por Rodrigo Motas Tamayo

Claro que tengo que decírtelo en la cara, si, mi hijita en tu mismita cara: Eres una descará y una pervertida. Tantas posibilidades que hay ahora para trabajar y estudiar y tu aún desaprovechas oportunidades. Acaso el dinero fácil te compra la vergüenza perdida, ah, no, claro que no. Oiga y mira que ponerse a estudiar con eso de que hasta nos pagan por hacerlo, eso no se ve en otra parte del mundo.
Pero no me mires así, sabes que tengo razón. Piensa, aunque sea por una vez en tu vida. Divorciada y un muchacho, ahora dos bocas en la casa a cargo de tus viejos. Desconsiderada, eso es lo que eres, una desconsiderada, porque lo que ganas con tu entrepiernas solo es para trapos y querer ostentar. Debería darte vergüenza, si, no me mires así, ya te dije. No me hagas ofuscar, porque mira… bueno, es mejor coger calma. No vales la pena.
Ahora, pìensa, piensa, tú crees que no me duele decirte todas estas cosas, ah, claro que sí porque te veo a ti como a mi misma. Somos mujeres no. Bueno, no se ya tú. Porque siempre se ha dicho que las putas al final se cambian de bando y tú andas de mucho metimiento con la desgreña esa que se cree que está muy buena y ya tiene comentarios de videitos escondidos y tó eso. Tan joven y no piensa en el mañana, en los hijos, que después se lo sacan; que la gente piense lo que le de la gana, no importa, cada cual es un mundo aparte, pero los hijos… lo que hagamos tiene que ver con ellos también.
Te lo digo sin pelos en la lengua, el camino que llevas no es bueno. Fernando con todo su dinero no va a hacer nada por ti, ni Manolo tampoco, y Agustín, ni se diga; como tampoco esperes nada de esos estudiantes, esos solo comen y se van. Oye, aprende, hay que tener buenos momentos, pero también responsabilidad. Vaya, si no piensas en ti piensa en tu hijo. Ahora está chiquito y no ve las cosas, pero cuando crezca no sabes lo que te espera. Serás condenada.
Por eso mijita, deja ya de ser tan descarada. No te quito que una noche entre brazos de hombres, no importa el color o el tamaño, tiene sus cosas buenas y malas, buenas si realmente las disfrutas, pero sabes bien que después del tercero ya son más que malas.
Eh, eh, no me vengas que con lo que te pagan puedes comprar zapatos y pantalonetas. Eso es mierda mi amiga, un día se rompen y bótalas, pero lo que tu lleves roto, sabes que eso es para toda la vida. Y si sigues así, la que tendrás rota de por siempre es la vida.
Tronco pendeja, ¿acaso no tienes valor para decir no? No puedes mirar hacia el lado, hacia esas puertas que están abiertas para todas nosotras, no, mira a Juanita, cierto que dejó la escuela porque salió embarazada y se pasó años lavando trapos, pero ahora, ahora es toda una enfermera. En cuanto vio claro, enrrumbo los pasos y en el barrio todo el mundo la quiere.
Pero a ti, mírate no más, nadie te respeta. Los viejos verdes se te acercan para sus últimos cartuchazos, y las vecinas te tratan por cortesía, a ver, alguna de aquí deja salir sus hijas contigo. No, claro que no. Eres una mierda, concho, date cuenta.
Ah, pero te ofendes.. mira chica, ya te dije que no me hagas encabronar… me conoces bien y soy de las que no aguanta pendejadas… así que arrea, vamos arrea que si no te rompo el palo de la escoba en la cara, en esa carota de sinverguenza. Descara. Ah, pero levantas la mano para golpearme, es mierda lo que te dije… pues mira chica, deja el alarde y cambia la cara que aquí la que pega soy yo. Plaf, plaf…y el espejo cayó echo añicos a sus pies.

viernes 26 de septiembre de 2008

A hurtadillas o harina de otro costal.

Autor Rodrigo Motas Tamayo
romotas@rgranma.icrt.cu

-Qué quieres hoy?. La mirada escruta al hombre acusadoramente.
-Lo de siempre- Los ojos le brillan y una mueca dibuja el rostro del recién llegado.
-Coño, chico, y cuándo vendrás acompañado. Yo alquilo para parejas. Ya te lo he dicho varias veces…esa mierda tuya de estar…
-Vamos, no jodas con eso socio, yo pago y siempre te pago el doble…- le interrumpe el recién llegado mientras le chispean los ojos.
-No te ofusques, solo bromeaba. Mira, a las nueve tendré clientes, ven antes, eso si, que no falte el dinero.
-Ese, ese está oyendo la conversación. Agustín da la espalda y se encamina hacia la puerta, la traspasa y se pierde en el bullicio de la calle.

-Vamos… deja el miedo que nadie nos vio entrar-. Dice y pone en sus palabras el mayor convencimiento.
-Recuerda eso de que siempre hay un ojo que te ve-. Asustada mira para todos lados, el cuerpo le tiembla aunque sabe que están entre cuatro paredes.
-Muchacha, a esta hora nadie está pa´ eso. Ven, bésame-. Le toma de la mano y la acerca. El beso flota sobre los labios primero y después se adhiere. Ella suspira y se pega al cuerpo varonil. La música de la grabadora sale suave y se esparce pegajosa en el cuarto.

-Esa hembra si que está buena. Mira eso…!Ñooo! -. Pega aún más el ojo a la ranura de la puerta del escaparate y mira con avidez las esculturales líneas de la mujer. Sin hacer ruido, se desabrocha la portañuela. Tiene el mejor ángulo del cuarto hacia la pareja.
-espera, espera, ¿no vas a apagar la luz?. Sus ojos reflejan súplica.
-No, nena, quiero admirarte a plenitud. Dice el hombre instándola a quitarse la ropa más de prisa. -Mira cómo me tienes, nena, vamos apúrate?
-No cambias- sonríe mientras lo mira con lujuria. Se desviste con movimientos rápidos, con la cadencia que la música impone al gesto. Su desnudez excita aún más al hombre.

-Ñoo, que cuerpo... Esta es la mejor hembra que he visto. Ñoo, esa si es una mujer, ¡que espalda! ¡que nalgas! Y ese lunar... avemaría purísima, eso es señor lunar...

-Acércate, acércate puñetera-. la toma de la mano atrayéndola hacia él.
-soy toda tuya-. La sonrisa juguetea en los labios femeninos.
-Estás para comerte...- atina a manifestar, con los ojos como ascuas. La muchacha toma la iniciativa y lo arrastra hacia la cama. Lo empuja y cae de espaldas. Se le sube encima y comienza a besarle las tetillas, baja, llega hasta el ombligo. Sigue. El se estremece.
Satisfecha con lo que logra, se acuclilla sobre el hombre. Baja lentamente hasta sentirse a gusto. Lleva los brazos a la cabeza y se sube el pelo como abanico. Comienza a moverse en círculos, muy despacio al principio, hasta alcanzar un ritmo vibratorio y violento.
-Te gusta, papi, te gusta así… dime, vamos dime que te gusta. Los ojos semicerrados y la boca entreabierta, como hoja a la deriva en su inevitable camino hacia el suelo, ida de este mundo.

-Eso es.. sigue, sigue así, puñetera... coño, esta si que me ha puesto mal. El hombre se soba sus genitales suavemente, demorando el gesto entre subir y bajar. ¡Ah! Una mujer así me haría feliz... ¡Noo! que rico... pero que rico...
-qué haces ahora, por Dios- exclama embobecido y jadeante.
-solo me doy vuelta, mi vida, quédate tú como estás-. La mujer detiene los movimientos de la cadera, pasa una pierna por encima de la cintura varonil y queda arriba del hombre, pero de cara a los pies.

-Esa cara por Dios, se me parece a la de alguien, lastima que el pelo lo tenga por delante. A ver, mueve la cabeza para que se separe el pelo. Eso es...eso es...coño parece que me adivina el pensamiento. Así, así está mejor…Carajo, qué es esto, coño, se parece a mi mujer. La idea se incrusta en la mente del hombre y se agiganta como incendio que lo devora todo. Dios Santo que dolor en el pecho, esto no está pasando. Esa es mi mujer, coño…ya sabía yo que ese lunar me parecía conocido... maldito lunar, debería habérselo borrado antes de entrar... El hombre dentro del closet se ha quedado paralizado, las manos descansan inertes a los lados del cuerpo. Solo la mirada escapa por la ranura en busca de la imagen exterior de una mujer que se le incrusta en la pupila como fuego. -

-Tu eres mi macho, mi macho rico-. Dice ella mientras se convulsiona sobre el hombre en la cama.

Es ella, coño, esa maldita es mi mujer-. ¿Dios santo qué hago? Está petrificado contra la puerta del escaparate, comienza a sudar copiosamente. Siente rabia – salgo y la mato- oye la voz dentro de su mente, el cuerpo no le responde a movimiento alguno. ¿Qué me pasa, coño, qué me pasa...? Ay Dios Santo, cómo controlo esta rabia... este miedo. –no puedes salir ahora- le dice otra voz en el subconsciente. Ah carajo, qué hago.

–Así, gózame, macho rico, gózame.

Coño, qué me está pasando…Soy o no soy hombre, coño; Óyela, óyela como jimiquea la puñetera… es para volverse loco…coño…deja respirar profundo, así, ahhh, así, suave para que no me oigan, pero tengo que respirar profundo… así… así está mejor… debo controlarme, así, así…

-Vírate, vírate nena…

Y se dejó por ahí...ah cacho cabrona a mi me pones miles de peros... las mujeres son una trampa. Coño pero que cosas digo... yo mato a esa hija de p...Pero cómo concho si no puedo salir de aquí...Si salgo me descubren...mejor es estarse quieto y esperar... ¡esperar qué carajo...! ver como mi mujer tiempla con otro tipo... ¡Ah! esto es insoportable. ¿Qué haría otro hombre en mi lugar...?, ni imaginarme quiero...

-Te gusta, dime que te gusta.
-Loco, eres un loco… -La mujer se estremece, aferrándose con los brazos extendidos hacia atrás, a los muslos del hombre.

Mírala, mírala como si no hubiera pasado nada... es una perra... si, eso, una perra maldita que me está coronando...Salgo coño y la… vamos...respira profundo hombre... respira profundo.

-Te gustó.. eh, te gustó-. La pregunta lleva impregnado el pícaro gesto que se le descubre en la cara. El hombre sonríe satisfecho. Ella suspira profundo.
-Me mataste, cabrón, me mataste…

-¡Mataste!, lo que es matarte te voy a matar yo ¡ingrata!, ... que ingrata ni ocho cuartos... ¡puta! Eso es, una mera puta traicionera... Debería salir de aquí y enseñarte so puta... eso es salgo y ... Ya estoy pensando mal nuevamente... Vamos, piensa como pensaría una persona sensata. Ah, pero ya verás cuando...- el hombre crispa los puños en la oscuridad del closet, siente que el corazón arremete contra pecho... vamos, vamos, -se dice- no cojas candela, ya todo pasó... ya no hay función, piensa ahora despacio, despacio y con inteligencia. Que mierda de inteligencia si yo mismo me he visto lo tarrú que soy... Bueno, tal vez no tanto... mis amigos no saben de esto nada..., además ella vino al cuarto muy bien disfrazada, Bah, esto hay que pensarlo mejor. Sí, esto hay que pensarlo con cabeza. !cabeza! coño pero después de esto me duele con cará... no es fácil, coño no es nada fácil... una maldita agonía; sus sollozos, sus movimientos, ese entra y sale... y la rabia de saltar sobre ellos y ... coño pero que mierda estoy hablando... ahorita me oyen ellos allá afuera.

La mujer se viste cabizbaja. Mira hacia la cama y sonríe.
-Cuando volvemos.
-Veremos, veremos qué pasa…
-Bueno, tú avisa, yo siempre estaré esperándote.
Un momento. Un momento pensemos mejor...ya todo está en calma... no debo pensar en lo que acabo de ver..., vamos, vamos hombre, coge calma...eso es coge calma...así, así... respira suave, Piensa, piensa... si no saliste antes, ya para que conjeturas machistas, ... ya todo pasó.

Agustín siente la puerta del cuarto cerrarse, espera varios minutos y sale de su escondite, respira profundo y se encamina hacia la puerta.

-Ya te vas?
-Sí.
-Bueno, y qué?
-Qué de qué?
-La función hombre, cómo estuvo la función.
Agustín lleva rabia en los ojos. Lo mira de soslayo y se apresura a salir a la calle, como quien escapa a hurtadillas.

miércoles 13 de agosto de 2008

ANGELES EN EL TECHO

Autor: Rodrigo Motas Tamayo

-¿Cómo será el recibimiento?-se dice mentalmente y juega con las imágenes.

La llegada a la casa es fenomenal y por todo lo alto. Armando se baja del carro y corre a abrazar a sus padres. La familia entera se aglomera en la acera como una fotografía.
-¡Pero que gordo estás, mi hijito!- exclama la madre escondiéndolo entre los brazos, mientras el padre, dos pasos atrás, espera su turno con una sonrisa abriéndole el rostro.
-Madrecita, madrecita... al fin vuelvo a verlos. Cuánto los he extrañado.- En los ojos de Armando se asoman dos perlas húmedas que se quedan en la palma de la mano. Sobreponiéndose al gesto, mira hacia el hombre viejo y se estrecha en su pecho.
-Padre... como recuerdo sus consejos, no puedo dejar de pensar en usted, carajo- Joaquín recibe al hijo con un fuerte apretón, sin decir nada.
Tías, hermanas, amigos y vecinos dan la bienvenida al recién llegado. Todos los ojos están fijos en la gruesa cadena de oro, que desde el cuello oscila al compás de los movimientos del muchacho.
-Pero... mírate, si has crecido y todo... ahora si eres un real hombrecito. Armando sigue el sonido de las palabras y al girar el rostro la ve junto a la columna del portal. Está igualita a la que dejó cuando él se fue, como si los años nunca pasaran por ella y eso que, cuando se marchó, ella le duplicaba sus veinte.
Camina hacia la mujer que, con los brazos abiertos y una pícara sonrisa, lo atrapa sin reparos contra su cuerpo.
-Eslinda, cará... todavía sigues bella- atina a decir y los ojos le brillan.
-No como antes, pero ... ya vez que todavía mantengo algo- la mujer sin remilgos se lleva el pelo hacia atrás en involuntario gesto, como si quisiera exhibir lo que la ropa guarda.
Armando cierra los ojos y disfruta de nuevo de la esbeltez de aquel cuerpo, el desafío de unos senos medianos y la tersedad de una piel que se contrae al roce de los dedos, principalmente si la búsqueda se entretiene en la porción de las caderas.
-Dale mi macho, dale..sigue..sigue... –las palabras le retumban en los oídos, envolviéndolo en un éxtasis interminable. Se ve jinete sobre la soledad del cuarto, testigo silencioso por la ventana entreabierta del desfallecer del sol en la lejanía del mar, esa inmensidad azul que siempre le atrajo desde niño.
-No pares... no pares...sigue, sigue coño..-
Las palabras llenan los oídos y se resbalan. Se miran con ojos de la costumbre. Es la rutina del sexo lo que los une. Ella piensa en los verdes que pagan su osadía. Él, vivir un recuerdo.
Armando se siente mástil de la aurora. Ella vórtice y ama de las posiciones. Se cobijan en el desespero.
-Vírate...vamos vírate rápido que estoy llegando ya...
Eslinda es maestra de los años ya vividos ante el explotar metafórico de quien huye de los sueños. Quedan aletargados como figuras fantasmóricas en el ocaso.
La mujer mira al joven inerte en la cama y sabe que la victoria le sonríe. En los últimos diez años ha sabido sobrevivir con el grito de su entrepiernas, ganándole a los hombres el sustento de los días. Siempre hubo una primera vez.
-Tengo que dejarte, Armando... yo no puedo seguir así... sabes que tengo que mantener a mis muchachos. Un hilo plateado rueda por la mejilla de la mujer. Sabe que Armando ni estudia ni trabaja. Ernesto es más práctico y puede darle lo necesario. ¿Por qué entonces fijarse en los años que le lleva?. Esa es la vida. Siempre ha existido un Dios de las casas, los árboles y lo impredecible.
Armando la ve alejarse y un nudo se le incrusta en la garganta. ¿Cómo retener esa hembra? ¿Cómo? . Ni una idea le viene a la mente. Enciende un cigarro y se asoma a la ventana. La brisa húmeda sube del mar y le abofetea el rostro. Armando se queda en blanco, solo en sus pupilas se dibujan las verdes aguas que tanto le atraen.
-Así es el mundo, acá no querías trabajar...- es la voz del padre con sus regaños de siempre. Claro si tenías el plato de comida en la mesa. Pero ahora si tienes que trabajar para poder ostentar esos colgajos y mantener mujerzuelas. Yo me pasé la vida trabajando en el central, carijo, para que ustedes tuvieran lo mínimo.
-Sí, pero no teníamos nada- se mofa Armando, y sopesa bien las palabras antes de lanzarlas. Sin embargo con lo que les he enviado, mira la casa, no se parece a la de antes.
-Eso mismito digo yo, ya no se parece a la de antes, pero tampoco es mejor... ni nos ha cambiado a nosotros –responde Joaquín mientras la vista busca los ojos del muchacho-. También sabrás que todo ese dinero no ha servido para curar a tu madre.
-Bueno, -riposta Armando - si ustedes se hubiesen ido conmigo ... tal vez allá encontraría la cura.
-Dos viejos en altamar, sin rumbo y a lo que salga... eso no era lógico para nuestra edad.; ni pensarlo siquiera. Y además, sabes que yo aquí muero. Muy bien que tú acá podías haber trabajado o estudiado y contribuir a mitigar su enfermedad ...
Armando desvía la vista hacia el patio de la casa. Por entre los árboles vislumbra la chimenea del central, desnuda, solitaria y muda, cual vejestorio en el olvido.

Todo da vueltas en su cabeza. La inmensidad azul que siempre lo atrajo le resulta ahora más inmensa que nunca. Ya no siente el cuerpo siquiera, lleva horas en que dejó de sentir, primero las piernas, luego los brazos; solo las ideas comienzan a agolparse en su mente, como instantáneas. Padre, madre, tías, hermanas, amigos y vecinos se desdibujan de su pensamiento aunque trata de asirse a ellos con la poca fuerza que le queda. Inerte, se deja arrastrar por la quietud y las olas. Una aleta sobresale del agua, dándole vueltas desde hace algún rato.

-¿Cómo será el recibimiento?- se dice mentalmente y las imágenes saltan como ángeles en el techo.

martes 12 de agosto de 2008

Líbranos de todo lo malo, señor

Género cuento
Autor: Rodrigo Motas Tamayo

Grazna una lechuza entre los árboles. Más allá de los cincuenta pasos no se ve nada. Genaro camina como quien lleva el espanto detrás de él.
-Vete a casa de Eulalia... pídele que haga algo por mi pequeña,- ha dicho la vieja con el rostro cruzado por las lágrimas.
Cruza el arrollo, la frialdad de la noche le golpea los brazos y la cara. Una mancha oscura le sigue por encima de los árboles. El presentimiento le golpea el pecho. Mira hacia todos los lados, y se presigna.
-Avemaría purísima, carijo... -masculla entre dientes y lanza un escupitajo al yerbazal. Sabe que falta poco para llegar a la casa de la espiritista.
----------------- ------------------------------
-Ves madre... ves, madre, vez esa luz que me llama... ¡Ay! que lindo es todo- la muchacha se levanta en la cama, los ojos cerrados y extendidas las manos, en busca de algo.
Un escalofrío le sube por las piernas hasta incrustarse en la espalda. Comienza a sudar, Eustacia sabe que en el cuarto hay más de dos personas.
La espiritista se presigna desde que entra al portal de la casa. Masculla algunas frases ininteligibles para Genaro y empuja con fuerza la puerta.
-Líbranos de todo lo malo, señor todopoderoso... líbranos de todo lo malo.
Una sombra inmensa les da de frente, tumbándoles en el piso, salta y se pierde en la oscuridad del camino.
-Qué fue eso, pregunta Genero, aún con los ojos fuera de las orbitas.
-Es ella que vino a buscarla... pero vamos, vamos pronto para el cuarto que todavía se podrá hacer algo... vamos.
La vela sobre el taburete llora cera derretida con apenas un soplo de luz. Eustacia yace sobre el cuerpo rígido de la hija.
Grazna una lechuza y se aleja en rápido vuelo. En el fondo del patio, una silueta juvenil, vestida de blanco y un halo de luz púrpura a su alrededor ríe con la ingenuidad de sus doce años. Salta por encima de los árboles y se pierde en la oscuridad de la noche.